Carnavales, corsos, murgas, un velorio y el Sapo...

domingo, 6 de marzo de 2011 ·


 
Me acuerdo que todas las noches nos acostaban de prepo, como para que no rompiéramos las bolas. De nada servía falsear el llanto porque no se la creían, y terminábamos llorando en serio en la oscuridad de la habitación. Queríamos estar en el comedor de nuestra casa, lugar común de los vecinos que venían a colaborar con la murga. Estaba claro, que ante la pasividad de los mismos y la nula opinión de que nos dejaran estar, querían trabajar tranquilos.
Sin embargo, algunas veces solíamos quedarnos en el pasillo espiando. Viendo como nuestro comedor se transformaba en una especie de improvisado taller. En el mismo abundaban cuadrados cartelitos negros, con la descripción en forma de verso, de cada uno de los personajes. De aquella irónica poesía solo me acuerdo más o menos de la que describía a la "mujer del verdulero" y el cartel que decía algo así como "a esta también la clavó..." No nos dimos cuenta de qué se trataba todo, hasta que una tarde en nuestro patio, comenzaron a construir el cajón. La murga parodiaba un velorio, con todos los personajes que pueden aparecer en tal ceremonia, con inclusión del muerto, por supuesto.
Recuerdo a mi viejo tomándoles las medidas del cuerpo al Pelado, vecino de enfrente de nuestra casa,  dueño de una figura tan enflaquecida que le caía a la murga como anillo al dedo, pues solo necesitaba calzarse el traje y un poco de talco en la cara, para compenetrarse en el personaje de difunto. 
Si bien nos perdimos con mi hermano, parte de la fase constructiva, finalmente pudimos disfrutar de aquella participación por el centro de la ciudad, de la murga del Barrio Obrero y su posterior premiación con un merecido segundo puesto.
De aquella empresa, que motivó a los vecinos a participar mucho más que la vez que se zanjeó para las cloacas, existen muchas anécdotas que varían según el vecino que las cuenta. Podría mencionar la vez que el Pelado hizo parar la murga en plena procesión, para salir del carnaval y en la oscuridad de un par de arboles alejados, echarse una miada. Y ver a su vuelta como la gente miraba, algo asombrada, como el muerto se volvía a costar en el cajón y la marcha se reanudaba. O contar la que mi viejo cuenta susurrando, la que con el premio del segundo puesto alcanzó a pagar un asado para todos y... el recibo de luz vencida de nuestra casa. Ja. 
Pero la anécdota que más me gustó y que intenté relatar, un poco exagerada por cierto, en otro escrito, es la del Sapo y su personaje de borracho de velorio. 

Aparecida en la Revista Lea en noviembre del 2003:



Le dieron el papel que tal vez menos le costaría representar. Era sin dudas el más fácil. Ninguno de los integrantes era actor y ninguno se quejó de que el más fácil se lo otorgaran al Sapo. Le llaman así debido a su corta estatura, a su ancha jeta y principalmente por esa espalda en la que asoma una leve joroba la cual le da más bien el aspecto de un escuerzo. 
"¿Cómo mierda hago de borracho?", dijo el Sapo. "No te hagás el boludo que vos vivís en pedo", le contestaron varios de los integrantes del grupo. "Media hora antes de ir al corso te damos una bota con vino tinto para que vayas entrando en el personaje", le dijo Eduardo que hacía de director de aquella murga.
La murga representaba un velorio con todo lo que éste significaba. Estaban representados desde la viuda hasta el dueño de la casa velatoria, pasando por los deudos y parientes. El sapo era aquel borracho que nunca falta en un velorio. El papel de viuda lo tenía una sobrina de Eduardo, la cual estaba en la plenitud de su cuerpo y para no designar a cualquiera en el papel de pretendiente que consolaría a la misma, se lo dieron a su tío Hugo. De nada sirvió porque este tomándose en serio aquel papel no perdía oportunidad de meter alguna de sus manos entre las faldas de su sobrina.
En el corso todo ocurría con tranquilidad. Había otra murga (fue la que después ganó) que asombró a muchos. Se trataba de una sala de operaciones donde dos médicos y tres enfermeras rápidas de ropa, mostrando sus atributos, parodiaban una intervención quirúrgica. La cuestión era que uno de los médicos era un conocido carnicero del pueblo y este se había llevado una gran cantidad de su mercadería para hacer más real aquella puesta en escena. Arrojaba a la calle tripas, pedazos de hígados, vísceras, riñones, etc.; esto causaba en la gente una rara impresión. El tipo invirtió y le fue bien. 
El Sapo, por entonces, se ponía en pedo antes de llegar al corso. En el mismo probaba acercarse a gente conocida para hablarles con una aguda voz de mascarita. "¿Qué hacés Mario?" decía. "Cómo andás Sapo", le contestaban. El Sapo se preguntaba: "¿cómo mierda me conocen?". Probó con ponerse ropa distinta cada día, pero ocurrió lo mismo en las jornadas posteriores. Trataba por todos los medios de afinar su voz, pero todos terminaban reconociéndolo. "¿Qué hacés Sapo?". "¿Cómo andás Carlitos?". Confundido se dio por vencido, pero prosiguió interpretando aquel papel de una forma tan real como poco le costaba. Ya no le importó que lo reconocieran. Él contribuía con la murga. Hasta que el último día se le avisó que se habían quedado sin vino y que debía improvisar más que nunca su personaje. 
Aquel día de mala actuación, el último del corso, el Sapo se colocó por primera vez la careta y realmente nadie lo reconoció.






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