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El diario de Massera

domingo, 14 de noviembre de 2010 · 0 comentarios


Il Corriere della Massera

 
El comienzo del fin, al menos en lo que me concierne, tiene lugar un día de 1977 cuando el gobierno militar interviene el diario La Opinión. Su director, Jacobo Timerman, está secuestrado quién sabe adónde y su jefe de redacción, Sajón, ha muerto en la tortura. Una tarde llego al diario (soy redactora del Suplemento Cultural) y me clavo en mi sitio, parpadeando: hay tanques del Ejército rodeando el edificio. ¿Tanto despliegue por nosotros? Qué exagerados. No bien entro, mis compañeros de la redacción, o lo que queda de ellos (los efectivos aparecen raleados por causas varias, renuncia, muerte violenta, desaparición forzosa), me cuentan que el interventor es un general de nombre Goyret. La reacción alérgica no se hace esperar: de repente los ojos se me ponen como dos huevos duros. Le pido permiso al uniformado de la puerta para irme a casa y andando reflexiono: “Esto se acabó, hay que subirse a un avión y rajarse lo más pronto posible. A París”, agrego esperanzada, como si el hecho de no contar con medios suficientes como para llegar ni a Chascomús fuera un dato olvidable.

Tiempo después, ya en 1978 y bajo el mando de otro interventor militar, un alemanote llamado Ferman que nos hace escribir a paso de ganso, un colega me anuncia que el cierre de La Opinión ya tiene fecha y que Hugo Ezequiel Lezama, el director de Convicción, nuevo periódico que pronto estará en la calle, intenta reclutar a algunos redactores del diario de Timerman, entre los que me cuento. Todos sabemos quién se oculta detrás de esta campaña de seducción que incluye la de quedarse con nuestras despelusadas plumas, pero también con nuestros lectores: Massera. El almirante acaricia sueños grandiosos. Políticamente quiere ser el nuevo Perón y periodísticamente el nuevo Timerman. Hasta tal punto lo sabemos, que al nuevo diario lo hemos apodado “Il Corriere della Massera”. “Qué lástima, no voy a poder –le contesto como con pena– porque me estoy por ir. A Europa.” La respuesta es tajante: “Hugo Ezequiel te espera en su casa tal día y a tal hora. Yo que vos no faltaba”.

De modo pues que, recordando la frase de mi abuela, “el miedo no es sonso”, me visto y voy. Avenida del Libertador, policía en la puerta, amansadora en un living con una gigantesca reproducción de la fragata Sarmiento y, distribuidas por los sillones como al desgaire, armas. Un gordo entra en la habitación, señala divertido el armamento y dice: “Disculpe, los muchachos se olvidaron unas cositas”. Después se instala bajo un enorme crucifijo clavado en la pared, consulta un papel invisible, escondido entre el escritorio y la barriga, y arranca suavecito: “Yo a usted la quiero para el diario, me gusta cómo escribe, mire, ya tengo el organigrama completo con su nombre –me muestra un gran cartón con cuadrados llenos de nombres donde, efectivamente, figura el mío–, usted va a ser reportera estrella, me va a cubrir tanto una presentación de un libro como un partido de rugby. Pero –nueva mirada al papel depositado en su abdomen– su situación está muy encarajinada, m’hija. Acá tengo su ficha del Servicio de Inteligencia, usted me ha publicado unos cuantos libros comunistas, La mujer en la novela rusa, cosas así. Después parece que se calmó, sus rastros se me pierden en 1958, ahora tan zurda ya no parece”. “Servicio de Boludez será –me le encocoro–. Ese libro salió el año de mi nacimiento, ¿usted me cree tan precoz? La autora es mi mamá, Alicia Ortiz.” (Esta afirmación de la escritora en su diálogo con este hijo de puta, es una muestra más de como el sistema que usaban, ese servicio de "inteligencia" a cargo de burros hijos de remil putas, sirvió para que se cargaran a mucha gente, que ni siquiera supieron porque se los llevaban.)

Lezama admite su error. Sin embargo persiste: “Bueno, voy a hacer arreglar su ficha pero, igual. Parece que usted anda medio amiga con los yugoslavos de la embajada, ¿piensa viajar a Yugoslavia?”. “Y, sí, eso pensaba, me interesa la autogest...” “Entonces a la Argentina no vuelve, m’hija. Hágame caso que papito sabe, si se va a Yugoslavia usted acá no vuelve a pisar. ¿Tanto le gustan las embajadas?, yo le puedo presentar a unos diplomáticos norteamericanos, si quiere, créame que le conviene más.” Sigue mirando la ficha. “¿Es judía? Bueno, no importa, yo no tengo problema. ¿Tiene una hija? Espero que sea de su marido.” El interrogatorio prosigue dentro del mismo estilo, hasta la frase final: “Ojo que el puesto es para usted, acá la espero, después no me venga con macanas, mire que yo soy muy bueno pero...”. Estoy por tomar el ascensor cuando, a manera de adiós, vuelve a asomarse y me grita: “Y usted, de todo esto, en La Opinión muzzarella, ¿eh?, no sé si queda claro”. En el espejo me veo de un violeta subido. Pienso que si para conchabarme de reportera estrella me trata así, qué sería si me metiera presa.

En La Opinión me esperan con ansias para conocer el resultado del encuentro. Varios otros colegas están citados, no todos. El organigrama es selectivo, Lezama tiene sus gustos. Se rumorea que es un esteta, tiene un pasado poético, una vez fue al puerto a recibir a Juan Ramón Jiménez que venía de Nueva York, gritando a voz en cuello junto con otros poetas “¡Juan Ramón, Juan Ramón!”. Sin dudarlo un instante e ignorando sus momentos gloriosos desobedezco sus órdenes y bato todo. No se me olvida nada, las armas, el crucifijo, la Inteligencia, Belgrado, papito sabe, y la judía, y la hija, y muzzarella, especialmente muzzarella. Todos palidecen, unos dudan, cavilan, varios agachan la cabeza, el trabajo no abunda, tras el cierre de La Opinión nos quedamos en la calle, si eligiéramos a nuestros patrones nos moriríamos de hambre. El único que reacciona con ardor es Danilo Manzini, tan gordo como el otro pero él simpatiquísimo. Se pone del mismo color que me observé en el espejo del ascensor y vocifera: “Yo nunca trabajé para los fachos y no voy a empezar ahora”.

Antes de irme a París con mi hija de trece años, dos valijas y los 2000 francos de la bequita francesa (los dos boletos de ida sola me los regala de su bolsillo el periodista Emilio Perina), me llegan ecos de la reacción de Lezama al enterarse de que he desoído su admonición quesera. El colega de marras me desliza: “Está furioso porque te deschavaste, es cierto que con vos se le fue la mano, pero no es ésa la imagen que quiere dar, y su jefe tampoco”. Le respondo que si Massera y los suyos pretenden seducirnos, agarrarse a la intelectualidad progre y mostrar guante blanco, deberían tomar lecciones de urbanidad y buenas maneras con el conde Chicov.

Pasan los años o los siglos, no sé, en el extranjero se pierde la medida del tiempo, y un día inicio una investigación con vistas a una novela, uno de cuyos personajes es Alberto alias Mengele, el médico de la ESMA que asistía a las prisioneras en sus partos. Nadie sabe quién fue. Torturador voluntario y fervoroso masserista, ni siquiera formaba parte de la Marina sino que martirizaba por gusto. Parece que era dermatólogo, pero las embarazadas lo fascinaban y los fetos también (se decía que les pasaba corriente en el vientre de sus madres). El seudónimo se lo había puesto por su cuenta, a él le encantaba llamarse así, Mengele.

Remuevo cielo y tierra, en París y en Buenos Aires, para encontrar alguna pista, y nada. La única que lo ha conocido de cara es Sara Solarz de Osatinsky, que vive en Suiza. La llamo por teléfono. “Mengele –susurra–. Las chicas lo veíamos porque cuando nos llamaban para ayudar en los partos nos sacaban la venda de los ojos. Era alto, fornido, morocho y... horrible, es todo lo que te puedo decir.” Dado que en ese tiempo, gente horrible había de sobra, renuncio a identificar al Angel de la Muerte local y abandono mi búsqueda. Pero antes, por las dudas, entrevisto también a Alberto Girondo, que militó en Montoneros y está en París.

El tampoco sabe nada del divino doctor, apenas que ha existido. Como la charla deriva hacia “Il Corriere della Massera”, Girondo me cuenta que muchos artículos de ese diario fueron escritos por periodistas secuestrados en la ESMA. Entre sesión y sesión de picana, trabajo esclavo. Así que, de haber aceptado el tentador ofrecimiento de Lezama y de su ensoberbecido patrón (si no nos despertara el más intenso aborrecimiento, imaginarlo tomándose por un compendio de líder carismático con periodista brillante nos haría matar de risa), yo habría compartido mis tareas de reportera estrella con habitantes de un mundo subterráneo, acaso prometidos al vuelo en el helicóptero y a la piedra en los pies.

Nos quedamos callados, Girondo y yo. Estamos en un bar de Saint-Germain y, por poblar el silencio, le saco a relucir mi modesta historieta, francamente ridícula en relación con los tormentos sufridos por tantos otros, motivo por el cual nunca me he declarado exiliada política: es un título que me queda grande. El me mira con una suerte de dulzura. “Lo seas o no, después de esa conversación no tenías más remedio que tomártelas –murmura–. A Lezama no se le fue la mano con vos, lo hizo a conciencia. El doblete de Massera y de su gente siempre fue el mismo, seducir por un lado y amenazar por otro. O aceptabas y te tenía para un fregado como para un barrido, o te ibas y chau. Lo que él no se imaginó fue que abrirías la boca delante de todos. Lo pusiste en descubierto, ahí sí que en serio te convenía no volver.”

Mientras duró su diario, Massera abogó por ese algo indiscernible a lo que dio en llamar la “malvinización” de la Argentina. Quién sabría qué era la malvinización. En todo caso, no sucedió. Poco después de la salida del “Corriere”, la guerra de las Malvinas terminó con la dictadura, con el diario y con él. A la distancia de los años, o de los siglos, a esos papis tan vivos que nos tocaron en suerte me dan ganas de machacarles, aunque sea postmortem, que sus servicios no fueron de inteligencia como ellos mismos quizás se lo creyeran, y que tuvieron, nomás, la ficha equivocada. El gordo Lezama no sé cómo murió, espero que mal, pero la vejez y la muerte de Massera, con la baba chorreante por esa pera caída, otrora puntiaguda y desa-fiante, es la perfecta contracara de lo que ambos pensaron ser: astutos maquiavelos dueños del mundo. Algo debe de haber fallado en ese siniestro organigrama, en apariencia tan bien ordenadito, algo que termina inevitablemente en la boca babeante y el pantalón cargado. Mamita sabe, a mamita este cuento le costó una vida entera de viajes sin retorno, para ella y para sus descendientes, pero mamita siempre supo que estos criminales con la frente obtusa y la mandíbula terca conocerían el infierno en vida. Lo supo porque se los deseó con ganas, y porque no hace falta ser bruja para adivinar que el odio conjunto de un país entero, un odio justo, civilizado y sin venganza, un odio cotidiano y tenaz, termina por aflojar la quijada y el esfínter del más pintado.

* Escritora

La ilegalidad institucional

sábado, 13 de noviembre de 2010 · 3 comentarios

Es hora de que la derecha en la Argentina se haga cargo de una realidad incuestionable. Ya que sigue llenándose la boca con las palabras democracia, república, instituciones, tiene que asumir una aberración de la cual es responsable y que ha acarreado enormes males para el país. Entre el 16 de septiembre de 1955 y el 12 de octubre de 1973 la República Argentina vivió en estado de ilegalidad institucional. Esta ceguera, esta obstinación, este odio, parecieran a veces no poder explicarse. Uno, que lo ha vivido, acaso se haya acostumbrado al clima de esos tiempos y a esas modalidades. “¿Por qué no puede venir al país Perón?”, era algo que no se preguntaba. Todos sabían la respuesta: “Porque los militares no lo dejan”. Nadie preguntaba por qué. No hace mucho, sin embargo, vi por televisión al joven ensayista Lucas Lanusse explicar la caída de Frondizi. Y cuando dio el motivo determinante les dijo a los teleespectadores: “Ustedes hoy no lo van a creer. Pero todo fue porque el 18 de marzo de 1962 el peronismo había ganado las elecciones provinciales y eso no podía ser tolerado por el Ejército. Se anularon las elecciones y el día 29 Frondizi es arrestado y enviado a Martín García”. Lucas Lanusse tiene razón. Alguien, cualquier joven, aunque sea argentino, al que hoy se le dice algo así no lo puede creer. ¿Qué pasaba? Intentemos explicarle la situación a un extranjero. “Vea, en la Argentina había un partido totalmente mayoritario. Pero su líder no podía volver al país. Ni su nombre podía ser pronunciado. Los militares les cedían el gobierno a algunos civiles que lo aceptaban, transformándose en cómplices. No bien estos civiles otorgaban nuevas elecciones ganaba el partido proscripto. Entonces los militares echaban a patadas a esos civiles y empezaba de nuevo la farsa.” Seamos insistentemente claros: obstinadas por excluir al peronismo de la vida institucional, las clases altas mantuvieron al país en situación de ilegalidad durante 18 años. A ver si entienden esto los señores que se adueñan de palabras que han pisoteado. Había otros caminos. En principio, el general Lonardi ya había dicho su célebre “Ni vencedores ni vencidos” no bien triunfó el movimiento sedicioso que  encabezaba. Muchos sabían que el camino más racional era el de no proscribir al peronismo. Pero no. La trampa consistió en identificarlo con el nacionalsocialismo y –de este modo– así como los nazis estaban prohibidos en todos los lugares del mundo debía estar prohibido el peronismo en la Argentina. Esta ceguera pudo haber durado dos años, tres. Se eternizó. La Revolución Libertadora se denominó a sí misma (además de “Libertadora”) “gobierno provisional”. Su nombre completo era: “Gobierno Provisional de la Revolución Libertadora”. No, de ninguna manera. Seamos, otra vez, contundentemente claros: la “Revolución Libertadora” no sólo no fue un “gobierno provisional” sino que gobernó el país durante 18 años. ¿Está claro? Tuvimos 18 años de “Revolución Libertadora”. Todo se hizo según la ideología de la Revolución Libertadora. Si Aramburu fue quien desplazó a Lonardi para implantar el feroz antiperonismo que se adueñó largamente del país, su determinación de desperonizarlo se mantuvo inalterable. Ya sea para desperonizarlo como para evitar que se peronice. El Decreto 4161 nunca se derogó. Siempre estuvo vigente. La Argentina vivió 18 años bajo el imperio de ese decreto. Se pudo nombrar a Perón, de acuerdo. Pero el peronismo no podía ingresar al ámbito institucional. Si lo esencial del Decreto 4161 era expulsar al peronismo de la polis ese decreto duró 18 años. Además, el repugnante escamoteo del cadáver de Eva Perón se mantuvo inalterable. Todo esto lo determinaba el odio y el miedo. Evita en el país los hacía temblar. Las masas acudirían a cualquier lugar en que la enterraran y sería imposible contenerlas. Las masas –a esta altura de la Guerra Fría, de la Doctrina de la Seguridad Nacional– no sólo eran el peligro del “peronismo” sino el del camino al comunismo, ya que las masas para las clases altas y los militares son sinónimo de marxismo, de disolución, de peligro. ¿Hay alguna autocrítica por esto? ¿Alguien ha pensado la violencia extrema que esto implicaba? Si José Claudio Escribano quiere creer que con la muerte de Aramburu “se abrió formalmente un largo período de violencia en la Argentina” puede creerlo. Pero está equivocado o miente o elabora el esquema ideológico que le permitirá defender los intereses que defiende. La muerte de Aramburu no inaugura el período de violencia en la Argentina. Lo inaugura, suponiendo que la violencia se inaugura en algún momento en lugar de haber estado siempre presente, el bombardeo de 1955. Pero sobre todo: es la violencia institucional la que arroja a la juventud a la violencia. También a los obreros, a los sindicalistas, a los hombres del Cordobazo, del Rosariazo, del Mendozazo. ¿Cómo es posible pretender amordazar a un país por 18 años y que algo no estalle? ¿Cómo pudieron ser tan torpes, tan brutos, cómo pudieron odiar tanto, temer tanto, perseguir tanto? El Sistema de Exclusión del Peronismo (SEP) buscó mantenerse a cualquier precio. Se burló de todos y de todo. Tuvo miles de responsables. Todos son cómplices. Los que hicieron la Junta Coordinadora. Los que hicieron la Reforma Constitucional. Los “partidos del comisario” como la Unión Cívica Radical del Pueblo de Balbín. Alfredo Palacios y su porte de patriarca socialista. Todos los protagonistas del SEP son cómplices de la tragedia a que se llegó. Ellos crearon la violencia. Que yo sepa (y alguna vez hay que reconocerle algo a Sabato) fue Ernesto Sabato el único que denunció las torturas de la Libertadora. Todos los demás fueron cómplices del error demencial de la oligarquía terrateniente, del Ejército, de los grupos financieros que se fueron consolidando con la entrada del Fondo Monetario Internacional y la Iglesia. Básicamente los sectores que el tosco, torpe, pero sincero Roulet (dirigente agrario) señaló como los baluartes que en la Escuela le dijeron habían hecho el país. “Mi maestra me dijo que el país lo hicieron la Iglesia, el Ejército y el campo.” ¡Claro que sí! Eso se dice en la Escuela. Esa es la educación argentina. Eso se nos ha enseñado autoritariamente a todos. Una doctrina que atribuye la creación del “maravilloso” país en que vivimos a sus sectores dominantes. Esa educación –que tan abierta e ingenuamente enuncia el señor Roulet– es el resultado de un hecho de poder. Es la educación de los ganadores de las guerras civiles del siglo XIX. Todos creen que es “nuestra” educación. No lo es. Es la educación que diseñaron las clases altas para educarnos a todos según sus valores. Si La razón de mi vida es un hecho educacional deleznable, no lo es más que la educación impuesta por la oligarquía. ¿Por qué he tenido que leer Juvenilia, el libro de un tipo miserable como Miguel Cané que era un racista y que redactó la Ley de Residencia (para terror de los inmigrantes) a la que llamó “deliciosa ley de expulsión”? ¿Dónde estaría hoy Miguel Cané? Estaría en alguna de esas radios repulsivas que hablan del peligro de los inmigrantes, a los que llaman bolitas, brasucas, chilotes, yoruguas. Cané no es mejor que el señor Hadad y su equipo de xenófobos. Era, desde luego, un xenófobo. ¿Por qué tuvimos que leer ese libro? Porque narraba la educación de los jóvenes de las clases altas en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Hasta los chicos de las provincias más empobrecidas tuvieron que enterarse de cómo se habían educado los señoritos de Buenos Aires, los que formarían la Generación del ’80, “la que hizo el país”.

El amor vence

martes, 9 de noviembre de 2010 · 0 comentarios



Por José Pablo Feinmann


Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: Ganar la paz, decía una. La otra era peor: El amor vence. Galimberti, que lo conocía bien, decía: “Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra”. Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: “A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia”. Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.

En Los hundidos y los salvados, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: “Sus imitadores en Argentina y Chile”. Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación (“A ustedes les queda la crónica”), pero sí en el segundo: “A mí la Historia”. Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.

Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía El trabajo os hará libres, iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.

Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?

La oportunidad del Golpe de Estado

miércoles, 29 de septiembre de 2010 · 0 comentarios

Extraído del suplemento Documentos del diario Tiempo Argentino. Es interesantes las instrucciones que daban para "Operaciones de seguridad". En especial el tratamiento de los informantes que debían ser personas "inteligentes" y con una "razón" para serlo, como tener una creencia, odios, rencores, política, ideología, dinero, venganza, envidia, vanidad, etc. Todo esto debía tener en su perfil un buchón de la dictadura. Alguien que tenía la libertad total de marcar a supuestos subversivos, como lo fue el "periodista" de Baradero Cesar Scollo.

LA OPORTUNIDAD DEL GOLPE DE ESTADO

En los primeros meses de 1975 el gobierno de María Estela Martínez de Perón, se mostraba débil y cediendo a las presiones de los poderes fácticos. Fruto de ello, en ese convulso y violento año 1975, el 2 de junio asumió el Ministerio de Economía el ingeniero Celestino Rodrigo, con el explícito apoyo de José López Rega. Con él, en junio de 1975 los argentinos fueron víctimas de un cambio económico dramático. El mega-ajuste devaluatorio que se conoció popularmente como Rodrigazo, “corrigió” sustancialmente  los precios de la economía  en el contexto de cambios mucho más amplios en la estructura económica y social: el Plan Rodrigo impuso un brutal ajuste que duplicó los precios y provocó una crisis profunda en el gobierno. El economista ultraliberal Ricardo Zinn, que basaría la razón de su existencia en el lema: “Achicar el Estado es agrandar la Nación”,  fue el cerebro del plan durante las semanas previas de gestación, y sería su secretario de Coordinación  con la asunción de Celestino Rodrigo. Tras el golpe de Estado será uno de los principales colaboradores del ministro de Economía de la dictadura.
 Como telón de fondo, las movilizaciones populares abarcaban las principales ciudades del país; en Plaza de Mayo, la multitud exigía que se homologaran los convenios salariales y el alejamiento de Rodrigo y López Rega. La  primera huelga que la CGT y las 62 Organizaciones le hacían al gobierno, demostró su contundencia: el 15 de julio, López Rega viajó a España para no volver, y Rodrigo renunció horas después.
La reacción en contra del Plan Rodrigo de sectores del propio gobierno y de la gran mayoría de los dirigentes del partido gobernante, que se propusieron re encausar política y económicamente la marcha del Estado, generó la convicción en los sectores del gran capital que había llegado “la hora de la espada”. Lo más importante fue la enseñanza que les dejó el rechazo popular a aquel shock de junio de 1975, que les demostró que el desmantelamiento del Estado, la reducción feroz de los salarios, el endeudamiento externo del país,  la reducción de los sectores de la industria nacional y el complejo de medidas proyectadas, iba a requerir grados de violencia estatal inéditos para alcanzar sus objetivos. El Consejo Empresario Argentino encabezado por su presidente José Alfredo Martínez de Hoz había elogiado abiertamente el “Rodrigazo”. Tiempo después diría  al semanario Gente –el 20 de julio de 1977– que si bien en esos días  pensó que las medidas del ministro Rodrigo “podían ser teóricamente acertadas desde lo económico, carecían del contexto político adecuado”. Es decir carecían del terror como método de imposición.
Para el orden constitucional, ello fue el comienzo del fin. Los sectores concentrados del poder económico, conspiraban abiertamente con los jefes militares. Vanos fueron todos los esfuerzos para impedirlo y salvar el orden constitucional. Sólo faltaba poner fecha al golpe de Estado.  Pero antes había algunos pasos que dar:
En primer lugar, crear en la opinión pública el convencimiento  de la inevitabilidad del asalto a las instituciones de la República. El paro agrario nacional y el papel abiertamente destituyente de la gran prensa, cumplieron ese papel.
 Mientras el Consejo Empresario Argentino, de la mano de  José Alfredo Martínez de Hoz, daba los últimos retoques al plan económico a aplicar, paralelamente las Fuerzas Armadas diseñaban el modelo represivo que lo hiciera viable.
   El 17 de octubre, se distribuían entre los más altos mandos militares las 24 copias de la ultrasecreta “Directiva del Comandante General del Ejército N° 404/75”. Era, la que sería seis meses después, “la orden de batalla”  de la militarización del Estado mediante el asalto a sus instituciones, el 24 de marzo de 1976 
El Ejército reservaba para sí “la responsabilidad primaria en la lucha contra la subversión”. Y su sistema nervioso sería el Batallón 601. Se trataba del órgano ejecutivo de la Jefatura II de Inteligencia, la cual respondía directamente al Estado Mayor.
   También se especificaban los plazos del exterminio; el cronograma fijó una meta de sólo 12 meses para lograr “la pulverización del accionar subversivo” y otros tantos para “aniquilar sus elementos residuales”.
 Estos abarcaban un amplio arco de partidos, agrupaciones, sindicatos, medios de comunicación y hasta empresas, que a juicio de “los salvadores de la Patria” estaban sutilmente relacionados entre sí por los hilos invisibles de la “subversión”.  
   A partir de esta Directiva Secreta Nº 404/75  del Comandante General del Ejército, Jorge  Rafael Videla y de normas reglamentarias emanadas  del Jefe del Estado Mayor del Ejército, General Roberto Viola en 1976, las Fuerzas Armadas institucionalizan y asumen plenamente como tal, el terrorismo de Estado. La extensa Directiva y su implementación reglamentaria disponían por ejemplo:
 
OPERACIONES CONTRA ELEMENTOS SUBVERSIVOS (R-C-9-1)…
 
4003 i) Aplicar el poder de combate con la máxima violencia para aniquilar a los delincuentes subversivos donde se encuentren. La acción militar es siempre violenta y sangrienta (…) El delincuente subversivo que empuñe armas debe ser aniquilado, dado que cuando las FFAA entran en operaciones no deben interrumpir el combate ni aceptar rendición.
5007 h) Las órdenes: como las acciones estarán a cargo de las menores fracciones, las órdenes deben aclarar, por ejemplo, si se detiene a todos o a algunos, si en caso de resistencia pasiva se los aniquila o se los detiene, si se destruyen bienes o se procura preservarlos, etc.
5013 Emboscadas: esas oportunidades no deben ser desaprovechadas, y las operaciones serán ejecutadas por personal militar, encuadrado o no, en forma abierta o encubierta.

 
INSTRUCCIONES PARA OPERACIONES DE SEGURIDAD (RE-10-51)
 
3002.8 Elementos a llevar: capuchones o vendas para el transporte de detenidos a fin de que los cabecillas detenidos no puedan ser reconocidos y no se sepa donde son conducidos.
3004 Los tiradores especiales podrán ser empleados para batir cabecillas de turbas o muchedumbres.
3021 La evacuación de los detenidos se producirá con la mayor rapidez, previa separación por grupos: jefes, hombres, mujeres, y niños, inmediatamente después de la captura.
4004 Informantes: deberán ser inteligentes y de gran carácter y deberán tener una razón para serlo (creencia, odios, rencores, política, ideología, dinero, venganza, envidia, vanidad etc.). (…)

Osvaldo Papaleo atiende al "hijo de Tato"

jueves, 2 de septiembre de 2010 · 2 comentarios

Arquitecto Alejandro Borensztein:

Sé que es duro ganarse el pan ácimo siendo columnista del Clarín de Magnetto.
Además,  ser gracioso, progresista, quedar bien con un patrón acusado de delitos de lesa humanidad, una patrona eludiendo ADN de hijos apropiados  y de paso, catequizar colocándose en una postura ética. Duro lo suyo, pero no menos infame. Esta es la universidad del apriete y rinde Ud, sus exámenes con esmero.
Pero conmigo se equivocó. No le va a salir gratis. Nunca fui alfil de López Rega, ni de nadie. A José López Rega no lo conocí, no lo traté. Jamás crucé con él una palabra. No participé de actos vandálicos que usted describe con esmero y sin empacho. 
Los canales en 1974, fueron intervenidos por disposición del Poder Ejecutivo Nacional porque habían caducado las licencias concedidas en 1960 por la Revolución Libertadora, sin licitación a sus amigos de entonces. Bastante tiempo para un regalo mediático. Nadie le puso la pistola en la cabeza  a los licenciatarios. Pregúntele entonces a Luis Brandoni, que participó como Secretario  General de la Asociación Argentina de Actores.
Como habrá sido de sabia y legal la resolución, que hasta 1990 estuvo vigente y los canales continuaron intervenidos. 
Fui el Director Artístico de Canal 9  y el interventor  se llamó Juan Carlos Mareco, un artista y un caballero. Y designamos director del área cinematográfica a Octavio Gettino. Más tarde fui con el mismo cargo a  Canal 13, el templo democrático de su padrino Goar Mestre, un cubano de Fulgencio Batista, cuando Cuba era el paraíso de la mafia y la prostitución para diversión de los americanos. Fidel Castro y el pueblo de Cuba lo expulsaron.
Extraño que usted un hombre de izquierda, progresista de Magnetto y Papel Prensa defienda a este viejo carcamán de la CIA que nunca cambió de bando. Ahí, el director fue el Dr. Vera Barros, un funcionario de la Secretaría de Prensa. 
Y desde Diciembre de 1975 fui Secretario de Prensa y Difusión del gobierno constitucional de Isabel Perón hasta que dieron el golpe sus amigos, los que ordenaron  la venta bajo tortura de Papel Prensa a su diario, al de Mitre y al del Comando en Jefe del Ejército.
Estuve preso hasta diciembre de ese año a disposición del Poder Ejecutivo en condiciones muy difíciles. Ahí no estaba usted (era un revolucionario en cierne) como tampoco estaba Magnetto. La cárcel  fue para los que dejamos sin un canal de televisión a un amigo de su familia: Goar Mestre.
En abril de 1977 me raptaron y pasé 9 meses en el campo de concentración clandestino de Puesto Vasco, dónde fui torturado por ser hermano de Lidia Papaleo de Graiver.
Situación esta que me enorgullece pero que revela que usted, en definitiva un hijo de Tato, con su mediocre humor, es funcional a los genocidas.
Salí del país expulsado por Camps y trabajé con grandes artistas como Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Astor Piazzolla, Ariel Ramirez, José Larralde, Nacha Guevara y siguen las firmas…
Cuando dirigí el canal que le usurpamos a su padrino, el cubano de los prostíbulos, trabajaron en el mismo, artistas de la talla de  David Stivel, Juan Carlos Gené,  Carlos Carella, Emilio Alfaro, Víctor Laplace, Aida Bortnik, Alfredo Alcón, Sergio Renán, Ernesto Bianco, Ana María Picchio, Oscar Martínez,  Marilina Ross, Alberto Migré, y muchos más.
Era una etapa violenta  y de pronto las tres AAA.
Ahí acompañé públicamente a los amenazados y no me importó priorizar al burócrata sino al compañero y al militante.
En democracia produje teatro, cine, televisión, dirigí al Teatro Nacional Cervantes y acompañé a Antonio Cafiero en la Gobernación de Buenos Aires.
Soy uno de los fundadores de la Renovación Peronista.
Todas y cada una de estas afirmaciones puede corroborarlas.
Todos los artistas, que desafortunadamente no están dejaron esposas, hijos, hermanos, amigos.
Haga de policía vocacional que seguramente le sale mejor que el humor dominguero.
Además  su  padrino, el cubano de los prostíbulos, le habrá enseñado como trabajan los sabuesos de la CIA, con el agravante de que la mayoría de los artistas que le mencioné no pensaban políticamente como yo.
Un detalle: junto al Dr. Alberto Cormillot en 1984 después de visitar al ministro del Interior el Dr. Antonio Tróccoli fuimos a recibir a Ezeiza a Norman Briski, un amigo común, que volvía de su exilio y todavía tenía causas judiciales armadas por la dictadura.
Usted, un portador de apellido,  para defender a esta mafia comunicacional no debe involucrar a su padre que fue un artista querido, respetado y  popular, diciendo que Tato Bores volvió a la TV durante el Proceso.
Le aconsejaría que no utilice a lo mejor de su familia, porque esta haciendo una aseveración tan grave como gratuita. .
Me imagino el dolor y la vergüenza que sentiría Tato por ver a su hijo exponiéndolo para cambiar el escenario del juicio por Papel Prensa.
Les dejo a usted y sus compañeros de Clarín una tarea para la casa: encontrar a Osvaldo Papaleo junto a López Lega, mostrar algún documento o documentito que abone su tesis, una foto o fotito, una nota o notita, un decreto o decretito donde él me designa a alguna parte y así podrá impedir que su amigo Magnetto tenga otro destino que el Penal de Marcos Paz.
Pero hay otros temas para el humor costumbrista que usted tan mal practica: Por ejemplo las declaraciones de Isidorito Graiver a Tiempo Argentino del 11 de Junio de 2010 diciendo que la venta de Papel Prensa fue un afano y fotografiado con la valijita de dólares que Clarín le entregó a cambio de un testimonio esclarecedor. O a Lilita Carrió, la precoz funcionaria  judicial del Proceso, vociferando que defiende a Clarín.
Me olvidaba hijo de Tato, nos vamos a ver en Tribunales.
Quiero ver como se ha convertido en un miserable adulto, el ahijado del cubano de los prostíbulos que la Revolución Cubana expulsó.
Usted junto a su jefe Magnetto no están a la izquierda ni a la derecha de nadie, están en el horno.

Respetuosamente.

Osvaldo Papaleo

Cabeza dejate de joder

viernes, 26 de febrero de 2010 · 0 comentarios



Cabeza dejate de joder, como querés que comparta el país con estos hijos de remil putas, de los siguientes listados. Para captar los votos de ultraderecha andá deslenguado por ahí.

Gracias a Ofelia Giménez que me envió estos tres enlaces pdf, donde se encuentran los "buchones" del Ejército de la última dictadura. Son miles de personas ¿? que decidieron colaborar con el gobierno militar como agentes de inteligenicia. Son los que marcaban a los compañeros y estos después desaparecían. Fueron cómplices en la mayoría de los casos de secuestros, torturas, asesinatos y desapariciones.

El listado completo de las personas que pasaban información al Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, están en los siguientes enlaces.










Así cubren una noticia positiva

martes, 23 de febrero de 2010 · 1 comentarios

Así cubren una noticia positiva que les molesta. Porque, ¿Cuando vamos a ver una foto con los hijos de la dueña del multimedio, abrazandose con sus verdaderos padres?

Primero informan las noticias de último monento, en la que la recuperación del nieto 101 no aparece.



Después te muestran las más recomendades. Tampoco está la noticia del nieto 101.




¡Oh! una foto. Publican una foto, apenas una foto. ¿Un artículo? ¿Para qué, si ya publicamos uno bien extenso en el portal de Tn?



Aquí el artículo en TN...    extenso.




¡Esto es Periodismo Dependiente!

El último aparecido

· 1 comentarios

Leemos, copiamos y hacemos circular la información, publicada en el blog de Fernando Bonatto, Poesía y Ramos Generales.



Buenos Aires, 23 de febrero de 2010

Encontramos otro nieto, el hijo del Secretario de Abuelas de Plaza de Mayo

Las Abuelas de Plaza de Mayo queremos comunicar que hemos encontrado a otro nieto que durante más de 32 años vivió privado de su identidad. Francisco Madariaga Quintela es hijo de Silvia Mónica Quintela y Abel Pedro Madariaga, ambos militantes de la organización Montoneros. Silvia fue secuestrada el 17 de enero de 1977 en Florida, provincia de Buenos Aires, embarazada de cuatro meses. Su compañero Abel sobrevivió y partió al exilio. En 1983, de vuelta en la Argentina, emprendió personalmente la búsqueda de su hijo y se incorporó a la Asociación.

Los padres

Silvia nació el 27 de noviembre de 1948 en la localidad de Punta Chica, partido de San Fernando. Estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y, al momento de su secuestro, estaba terminando su residencia como cirujana en el Hospital Municipal de Tigre. Fue detenida en Florida, zona norte del Gran Buenos Aires, en la intersección de la calle Hipólito Yrigoyen y las vías del Ferrocarril Mitre. Militaba en Montoneros. Sus compañeros la conocían como "María".
Según testimonios de sobrevivientes, Silvia permaneció en el Centro Clandestino de Detención "El Campito", en Campo de Mayo, y en julio de 1977 se le practicó una cesárea en el Hospital Militar de dicha guarnición. Silvia, de 28 años, dio a luz a un varón al que -tal como deseaban con su compañero- llamó Francisco.
El caso de Silvia Quintela se suma a los de Norma Tato de Casariego y Beatriz Recchia de García, desaparecidas-embarazadas del CCD "El Campito", que también dieron a luz en el Hospital Militar y cuyos hijos fueron apropiados por represores. Felizmente, los tres casos fueron resueltos por las Abuelas y la Justicia determinó restituir la identidad de los jóvenes.
Abel nació el 7 de febrero de 1951 en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. Cursó la carrera de agronomía en la UBA hasta que fue expulsado por la intervención en esa casa de estudios y, al igual que Silvia, militaba en la columna norte de Montoneros. A poco del secuestro de su compañera, se exilió en Suecia y más tarde en México, hasta que regresó al país en 1983. Desde entonces, se integró a Abuelas y con los años se convirtió en el coordinador de los equipos técnicos y en la actualidad como secretario de la institución.

La búsqueda familiar

Durante la última dictadura, la búsqueda de Francisco la llevaron adelante sus abuelas, Sara Elena de Madariaga y Ernestina "Tina" Dallasta de Quintela. Las abuelas, junto a sus compañeras, escribieron y se acercaron a cuanto ministerio público pudieron, pero como en todos los casos les cerraron las puertas. En 1983, de vuelta del exilio, Abel emprendió personalmente la búsqueda, allí se incorporó activamente a Abuelas y fue el encargado de desarrollar gran parte de las estrategias de difusión de Abuelas para convocar a los jóvenes que, como su hijo, tuvieran dudas sobre su identidad.
La Búsqueda de Francisco
Francisco se acercó a Abuelas el 3 de febrero último, bajo el nombre de Alejandro Ramiro Gallo manifestando creer ser hijo de desaparecidos. Desde hacía mucho tiempo tenía dudas sobre su identidad por lo que decidió preguntar a la mujer que decía ser "su madre" si tenía información sobre su origen. Fue allí que la señora Inés Susana Colombo le confesó que lo habían traído de Campo de Mayo y que había posibilidades de que fuera hijo de desaparecidos.
Con esta información Francisco decidió acercarse a las Abuelas para comenzar su búsqueda. El joven se presentó acompañado por Colombo quien manifestó que su ex esposo, llamado Víctor Alejandro Gallo, era oficial de Inteligencia del Ejército Argentino y que en el año 1977 le dijo que había un niño abandonado en el Hospital Militar de Campo de Mayo, a lo que ella respondió que "cómo iban a dejar a un niño abandonado, que lo trajeran" (sic).
Colombo relató que finalmente Gallo llevó al bebé a su casa el 10 de julio de 1977 y agregó que el niño todavía tenía el cordón umbilical, lo que le indicaba que había nacido hacía muy pocos días.
Tanto Francisco como Colombo indicaron que Víctor Gallo dispensaba un trato violento para ambos, relatando minuciosamente diversas agresiones físicas y psicológicas. Gallo, quien se desempeñaba como oficial del Ejército durante la última dictadura cuenta también en su haber sido miembro del batallón 601. Ya en democracia participó en el robo de una empresa financiera, en la década del 80, y de un hecho criminal en el que se asesinó a una familia conocido como la "Masacre de Benavidez", hechos por los cuales estuvo detenido. El prontuario de este apropiador suma también su participación en los "levantamientos carapintadas ocurridos" en los 80; entre otras cosas. En la actualidad, hasta su detención el pasado viernes, se desempeña como empresario de seguridad privada, "dueño" de la empresa Lince Seguridad".
En la entrevista Colombo señaló que a pesar de estar divorciada y no guardar vínculo con Gallo, antes de concurrir a Abuelas de Plaza de Mayo, ésta lo llamó al militar para manifestarle que "Ramiro" estaba dudando de su identidad. Casualmente, luego de ello Francisco sufrió dos incidentes que vinculó con las circunstancias de que Gallo se enterara de la búsqueda que iniciaba.
El relato de Francisco y Colombo daba para sospechar que se trataba de un hijo de desaparecidos, por lo que de inmediato se solicitó a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) que le otorgara un turno para realizarse el examen de ADN. Al día siguiente, 4 de febrero, Francisco acudió al Banco Nacional de Datos Genéticos para dejar las muestras que le devolvieran su verdadera identidad.

El encuentro

El miércoles 17 de febrero, la jueza Sandra Arroyo, Juzgado Federal N° 1 de San Isidro, llamó a la Asociación para que se le comunicara al secretario de la institución que habíamos encontrado a su hijo. Abel no se encontraba en Capital, así que lo fuimos a buscar para contarle; ese mismo día compañeros y seres queridos lo esperaban en Abuelas para abrazarlo y acompañarlo en este momento que esperó por más de 30 años. Mientras tanto, Francisco se encontraba con integrantes de Abuelas, quienes desde que se acercó a Abuelas estuvieron en contacto para contenerlo y acompañarlo. En ese momento, ellos le comunicaron el resultado y Francisco quiso conocer a su padre en Abuelas. Desde entonces padre e hijo no dejan de estar juntos, contándose los años robados de vida y emocionando a todos los que participamos de esta lucha. "No pudieron", dijo Francisco cuando abrazó a su papá por primera vez. Esa es la enseñanza que nos trae cada restitución y nos llena de energía y esperanzas para encontrar a todos los que faltan.




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