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La ilegalidad institucional

sábado, 13 de noviembre de 2010 · 3 comentarios

Es hora de que la derecha en la Argentina se haga cargo de una realidad incuestionable. Ya que sigue llenándose la boca con las palabras democracia, república, instituciones, tiene que asumir una aberración de la cual es responsable y que ha acarreado enormes males para el país. Entre el 16 de septiembre de 1955 y el 12 de octubre de 1973 la República Argentina vivió en estado de ilegalidad institucional. Esta ceguera, esta obstinación, este odio, parecieran a veces no poder explicarse. Uno, que lo ha vivido, acaso se haya acostumbrado al clima de esos tiempos y a esas modalidades. “¿Por qué no puede venir al país Perón?”, era algo que no se preguntaba. Todos sabían la respuesta: “Porque los militares no lo dejan”. Nadie preguntaba por qué. No hace mucho, sin embargo, vi por televisión al joven ensayista Lucas Lanusse explicar la caída de Frondizi. Y cuando dio el motivo determinante les dijo a los teleespectadores: “Ustedes hoy no lo van a creer. Pero todo fue porque el 18 de marzo de 1962 el peronismo había ganado las elecciones provinciales y eso no podía ser tolerado por el Ejército. Se anularon las elecciones y el día 29 Frondizi es arrestado y enviado a Martín García”. Lucas Lanusse tiene razón. Alguien, cualquier joven, aunque sea argentino, al que hoy se le dice algo así no lo puede creer. ¿Qué pasaba? Intentemos explicarle la situación a un extranjero. “Vea, en la Argentina había un partido totalmente mayoritario. Pero su líder no podía volver al país. Ni su nombre podía ser pronunciado. Los militares les cedían el gobierno a algunos civiles que lo aceptaban, transformándose en cómplices. No bien estos civiles otorgaban nuevas elecciones ganaba el partido proscripto. Entonces los militares echaban a patadas a esos civiles y empezaba de nuevo la farsa.” Seamos insistentemente claros: obstinadas por excluir al peronismo de la vida institucional, las clases altas mantuvieron al país en situación de ilegalidad durante 18 años. A ver si entienden esto los señores que se adueñan de palabras que han pisoteado. Había otros caminos. En principio, el general Lonardi ya había dicho su célebre “Ni vencedores ni vencidos” no bien triunfó el movimiento sedicioso que  encabezaba. Muchos sabían que el camino más racional era el de no proscribir al peronismo. Pero no. La trampa consistió en identificarlo con el nacionalsocialismo y –de este modo– así como los nazis estaban prohibidos en todos los lugares del mundo debía estar prohibido el peronismo en la Argentina. Esta ceguera pudo haber durado dos años, tres. Se eternizó. La Revolución Libertadora se denominó a sí misma (además de “Libertadora”) “gobierno provisional”. Su nombre completo era: “Gobierno Provisional de la Revolución Libertadora”. No, de ninguna manera. Seamos, otra vez, contundentemente claros: la “Revolución Libertadora” no sólo no fue un “gobierno provisional” sino que gobernó el país durante 18 años. ¿Está claro? Tuvimos 18 años de “Revolución Libertadora”. Todo se hizo según la ideología de la Revolución Libertadora. Si Aramburu fue quien desplazó a Lonardi para implantar el feroz antiperonismo que se adueñó largamente del país, su determinación de desperonizarlo se mantuvo inalterable. Ya sea para desperonizarlo como para evitar que se peronice. El Decreto 4161 nunca se derogó. Siempre estuvo vigente. La Argentina vivió 18 años bajo el imperio de ese decreto. Se pudo nombrar a Perón, de acuerdo. Pero el peronismo no podía ingresar al ámbito institucional. Si lo esencial del Decreto 4161 era expulsar al peronismo de la polis ese decreto duró 18 años. Además, el repugnante escamoteo del cadáver de Eva Perón se mantuvo inalterable. Todo esto lo determinaba el odio y el miedo. Evita en el país los hacía temblar. Las masas acudirían a cualquier lugar en que la enterraran y sería imposible contenerlas. Las masas –a esta altura de la Guerra Fría, de la Doctrina de la Seguridad Nacional– no sólo eran el peligro del “peronismo” sino el del camino al comunismo, ya que las masas para las clases altas y los militares son sinónimo de marxismo, de disolución, de peligro. ¿Hay alguna autocrítica por esto? ¿Alguien ha pensado la violencia extrema que esto implicaba? Si José Claudio Escribano quiere creer que con la muerte de Aramburu “se abrió formalmente un largo período de violencia en la Argentina” puede creerlo. Pero está equivocado o miente o elabora el esquema ideológico que le permitirá defender los intereses que defiende. La muerte de Aramburu no inaugura el período de violencia en la Argentina. Lo inaugura, suponiendo que la violencia se inaugura en algún momento en lugar de haber estado siempre presente, el bombardeo de 1955. Pero sobre todo: es la violencia institucional la que arroja a la juventud a la violencia. También a los obreros, a los sindicalistas, a los hombres del Cordobazo, del Rosariazo, del Mendozazo. ¿Cómo es posible pretender amordazar a un país por 18 años y que algo no estalle? ¿Cómo pudieron ser tan torpes, tan brutos, cómo pudieron odiar tanto, temer tanto, perseguir tanto? El Sistema de Exclusión del Peronismo (SEP) buscó mantenerse a cualquier precio. Se burló de todos y de todo. Tuvo miles de responsables. Todos son cómplices. Los que hicieron la Junta Coordinadora. Los que hicieron la Reforma Constitucional. Los “partidos del comisario” como la Unión Cívica Radical del Pueblo de Balbín. Alfredo Palacios y su porte de patriarca socialista. Todos los protagonistas del SEP son cómplices de la tragedia a que se llegó. Ellos crearon la violencia. Que yo sepa (y alguna vez hay que reconocerle algo a Sabato) fue Ernesto Sabato el único que denunció las torturas de la Libertadora. Todos los demás fueron cómplices del error demencial de la oligarquía terrateniente, del Ejército, de los grupos financieros que se fueron consolidando con la entrada del Fondo Monetario Internacional y la Iglesia. Básicamente los sectores que el tosco, torpe, pero sincero Roulet (dirigente agrario) señaló como los baluartes que en la Escuela le dijeron habían hecho el país. “Mi maestra me dijo que el país lo hicieron la Iglesia, el Ejército y el campo.” ¡Claro que sí! Eso se dice en la Escuela. Esa es la educación argentina. Eso se nos ha enseñado autoritariamente a todos. Una doctrina que atribuye la creación del “maravilloso” país en que vivimos a sus sectores dominantes. Esa educación –que tan abierta e ingenuamente enuncia el señor Roulet– es el resultado de un hecho de poder. Es la educación de los ganadores de las guerras civiles del siglo XIX. Todos creen que es “nuestra” educación. No lo es. Es la educación que diseñaron las clases altas para educarnos a todos según sus valores. Si La razón de mi vida es un hecho educacional deleznable, no lo es más que la educación impuesta por la oligarquía. ¿Por qué he tenido que leer Juvenilia, el libro de un tipo miserable como Miguel Cané que era un racista y que redactó la Ley de Residencia (para terror de los inmigrantes) a la que llamó “deliciosa ley de expulsión”? ¿Dónde estaría hoy Miguel Cané? Estaría en alguna de esas radios repulsivas que hablan del peligro de los inmigrantes, a los que llaman bolitas, brasucas, chilotes, yoruguas. Cané no es mejor que el señor Hadad y su equipo de xenófobos. Era, desde luego, un xenófobo. ¿Por qué tuvimos que leer ese libro? Porque narraba la educación de los jóvenes de las clases altas en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Hasta los chicos de las provincias más empobrecidas tuvieron que enterarse de cómo se habían educado los señoritos de Buenos Aires, los que formarían la Generación del ’80, “la que hizo el país”.

Prolongar esa despedida en militancia

domingo, 31 de octubre de 2010 · 1 comentarios


La transformación del número en fuerza.
José Pablo Feinmann

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La sorpresa fue para todos: para los peronistas nacional-populares y para los enemigos del proyecto que esa fuerza impulsa desde 2003 y ha acentuado desde 2008. ¿De dónde salió tanta gente? ¿De dónde salieron todos esos cristinistas? Me suena lindo esto: cristinistas tiene un aire de nuevo, tiene un perfume de mujer exquisito, un feminismo que se asume con fuerza ante los hombres, ante los viejos machos hoy en alevosa retirada y, a la vez, los acepta, porque la mujer que da origen al neologismo es mina, es linda, es independiente y lo fue al lado de un hombre, que se sintió orgulloso justamente por eso: porque tenía a su lado a una mujer inteligente y brillante, que no sólo se le ponía de igual a igual sino que lo exigía, que le pedía todo el tiempo que fuera más y que lo fuera con ella, que le impidiera dejarlo atrás, porque lo amaba y quería seguir adelante con él, por eso cristinismo suena mejor que peronismo y hasta que kirchnerismo, porque suena a independencia, a germinación, a dar a luz ideas, proyectos, osadías, porque las minas no sólo dan a luz hijos de los tipos a los que supuestamente pertenecen (¿hasta cuándo ese “de” infamante para las mujeres, una mujer no es de nadie, es libre, es ella, tiene su nombre y su apellido, hasta cuándo ese “de” burgués del siglo XIX que adosa a las mujeres a los hombres en tanto propiedad privada?; probablemente Cristina conserve el “de Kirchner” para recordarlo, pero es una cuestión política, ella es ella y ahora no tiene otro remedio más que ése: ser lo que siempre fue junto al hombre que eligió: ella, pero ahora sola, con el recuerdo, la memoria y hasta las ideas compartidas y los buenos consejos de él, pero sola), sino que dan a luz sorpresas luminosas que pueden sorprendernos todos los días y mantenernos despiertos, alertas, con los músculos, los nervios y las neuronas tenso/as (¡ese machismo del lenguaje que toma el régimen del masculino para los adjetivos, cuánto hay que cambiar en este perro mundo!). No me volví feminista. Admiro simplemente a las mujeres. Primero: porque son bellas. Segundo: porque hace treinta años que estoy al lado de una compañera bárbara, sin la cual no sería lo que soy ni la mitad de lo que soy, sea lo que mierda sea, porque, en verdad, quién puede saber lo que es si apenas es algo ya es otra cosa, que es la esencia de la libertad, al menos de los que la ejercen y no se anquilosan como idiotas hijos de la TV o de los medios que buscan hacer basura con la gente. (Sugerencia de cambio para la revista Gente: Gente Idiota. Porque Gente es fresca... y pelotuda.)

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El problema central para el cristinismo es ahora transformar en fuerza militante a la inmensa cantidad de personas que desfilaron ante el féretro de Kirchner. Que nadie crea que alcanzará con haberse dado una vuelta por la Rosada (aunque, lo sé, fue más que eso, pero me interesa ahora marcar otra cosa) para fortalecer el gobierno de Cristina Fernández. Que no lo crean tampoco los líderes que rodean a la Presidenta. Una situación emocional: hombre que muere joven, que llena de culpas a todos los que lo atacaron, a los que cacerolearon contra él en el 2008 (¿cuántos de éstos habrán ido a lavar esa culpa?), a los tacheros que durante todos estos años si abrieron la boca (¡y cómo la abren!, cómo habla el tachero argentino lo quiera o no el pasajero, parecieran militantes de una causa de hierro en la que creen a muerte: odiar a Néstor y Cristina Kirchner) fue para putearlos, hasta a los jóvenes de familias acomodadas que repitieron las palabras de sus padres, que convoca a adherentes emocionales momentáneos, que han ido porque les impresiona la muerte de un tipo joven, a jóvenes, a chicos y chicas, que ahora descubren lo “copado que era el Flaco”, a formidables tenores que te cantan un Ave María que te parte el corazón pero que termina el Ave María y se va y Cristina necesita que siga cantando, cantando al lado de ella, porque la música tiene que seguir, y no sólo el Ave María sino otras músicas, menos tiernas, menos dulces, más agresivas, a la altura de los Himnos de Guerra que día a día los medios entonan desde sus miles de voces bancadas por empresas poderosas, monopolios formados con capitales nacionales e internacionales, con diarios de inmediata e ininterrumpida relación con la Embajada de los Estados Unidos y, a través de ésta, inevitablemente, con la CIA y el FBI, a los que este Gobierno no les gusta nada. ¡Qué enemigos, caramba! ¡Qué fuerza habrá que nuclear!

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De aquí la propuesta. A no entusiasmarse demasiado con los números. Con las encuestas. Las encuestas no salen a la calle. Los que salieron a la calle a despedir a Kirchner deberán saber que ese compromiso, que esa muestra de amor, deberá prolongarse en política, en militancia. En dolor ante la muerte, si se agota en sí mismo, permanece en el lugar de donde surgió: en la muerte. Hay que transformar ese dolor en militancia. Si Kirchner se definió a sí mismo como un heredero (no violento, como tantos y tantos y tantos) de la militancia juvenil de los setenta, hay que dar forma (con las decenas de miles de jóvenes que seguirán a Cristina a lo largo y lo ancho del país) a una nueva juventud. Que será peronista, o kirchnerista o cristinista. Pero esos jóvenes deberán saber ya (y ya lo saben) que la militancia será territorial y no armada. Se diferenciarán en esto, tajantemente, de los jóvenes de los ’70. Si quieren admirar al Che como símbolo de la rebelión, perfecto. Si lo toman como el héroe y el mártir de la lucha armada y el foco (teoría que le dio un francesito de esos años: Regis Debray y que Guevara perfeccionó y llevó a la práctica, una práctica desastrosa en la que sin duda tuvo la dignidad impecable de morir, de poner su cuerpo al lado de sus ideas, penosamente equivocadas, de aquí que ese cuerpo terminara acribillado por un pobre y asustado soldadito boliviano) el camino será otra vez el del desastre. Si insistimos tanto en la militancia territorial y no en la violencia, es porque la violencia fue un mal camino. Llevó a la muerte a una generación de jóvenes en toda América latina. Pero la militancia territorial ha vuelto a ponerse sobre la mesa de la mejor política. Que ya no se hace a través de los medios. Al ver a esos millones de argentinos (peronistas y no peronistas) desfilar junto a Néstor y abrazar a Cristina con un abrazo-promesa (no te vamos a abandonar) muchos empleados periodísticos de las grandes empresas multinacionales de la comunicación se habrán sentido no sólo defraudados, azorados también. ¿Cómo, y todo el trabajo que hicimos? ¿Y todo lo que le hemos dicho a esta gente durante años? Parece, señores, que no sirvió. Que hay otros canales por donde ahora se filtra la verdad, que la verdad, parece, no la construyen ustedes. Que los sujetos son todavía capaces de un acto libre. Porque fue un ejercicio poderoso de la praxis libre del sujeto haber ido a despedir a Néstor Kirchner. Los sujetos no están sujetados. La rebelión no es inexplicable. Ejercer la libertad fue decirle no a la política omnipresente comunicacional, y salir a la calle, inundar la territorialidad. En el conflicto de la 125 los ínfimos movileros que los medios arrojaban a la calle (conscientes de las órdenes que tenían) preguntaban a los militantes kirchneristas: “¿Viniste por el choripán? ¿En qué medio te trajeron?” Y a los conchetos del otro lado: “¿Nos podría explicar la causa por la que vino hasta aquí?” Del lado concheto, la causa. Del lado de “la negrada peronista”: el choripán o el camión de algún sindicato. De un lado, la libertad de elección. Del otro, la manipulación del aparatismo. ¿Fueron esos movileros a preguntarle a alguno de los que estaban haciendo interminables colas para despedir a un líder popular quién los había traído, si habían venido por el choripán? Sería interesante haberlo intentado. Pero los medios se cuidaron. Se pasmaron. Se sorprendieron hasta el dolor. No todos. Hubo, para mí, una excepción valiosa. Ya llegaré a ese punto.

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Que la militancia territorial haya ganado otra vez el protagonismo significa que lo más genuino del peronismo (del peronismo del ’45 y el de los ’70) ha regresado. La política territorial exige del militante más que la política mediática. La mediática no le pide nada. Porque los militantes no van a los medios. Van los jetones. Los dirigentes. Y los intelectuales de nombre, los “referentes”. La única posibilidad que tiene el militante es esta hermosa posibilidad que está de nuevo entre nosotros y a la que le damos una bienvenida esperanzada: la territorial. Se gana la calle. Hay que ganar la calle. La política se hace ahora saliendo de casa. Basta de estar eternamente mirando la tele o boludizándose con Internet. El número fue poderoso durante estas jornadas. Pero hay una consigna de John William Cooke que hay que recordar ahora más que nunca: la transformación del número en fuerza. Y ya lo ven: lo nombré a Cooke. ¿Setentismo? No creo: Cooke fue desde jovencito diputado peronista. Además, ¿a quién quieren que cite: a Ivanisevich, a Mendé? (No los conocen. ¡Mejor! Ni los busquen en Internet. Basta de buscar en Internet, por favor. Busquensé un poco a sí mismos. Van a encontrar mayores tesoros. Verdades y no informaciones. Verdades, además, acerca de ustedes. ¿Cuántos encontraron súbitamente su verdad saliendo a la calle el miércoles?) El número ya cumplió su tarea. Los que lloraron a Kirchner y fueron a dar apoyo a su viuda fueron innumerables. Tantos como los que pidieron la renuncia de Cobos. Que no se lo pueda echar porque se aferra a una ley que lo sostiene es una vergüenza moral e institucional. Moral, porque es un mentiroso y un hipócrita. ¡Declaró que Kirchner había sido un gran presidente! Institucional, porque todos saben que ese hombre no está ahí para cumplir con el cargo que ocupa: ser un orgánico de la Presidenta. Un Presidente y un Vice forman una entidad institucional orgánica, que funciona complementándose. ¿Cómo puede ser que este señor sea el jefe de la oposición, que funcione como el cuchillo que pende sobre la cabeza de la Presidenta, que a Kirchner hayan tenido que velarlo en la Casa Rosada y no en el Senado como se veló a la mayoría de los presidentes porque este Senado lo preside un enemigo?

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La transformación del número en fuerza es la consigna de la hora. ¿Cómo se consigue? Tiene que penetrar en el sujeto libre la necesidad de expresar esa libertad a través de la praxis política. Tiene que surgir la pasión de compartir una causa. De participar de la historia. De sacar el culo de la silla que tenés frente a Internet o frente al televisor. De salir de la soledad a la que el universo mediático te condena. Si te gusta el twitter, seguí. Pero no es lo mismo twittear que mirarle la cara a un compañero. Que verle los ojos. Olerlo. Tocarlo. Abrazarlo, ya en la desdicha o el triunfo. No es lo mismo querer hacer la historia que mirar cómo otros la hacen. No es lo mismo ser protagonista que ser pasivo, inerte, poco o nada.
Addenda: Ya no leo los diarios de la derecha. Si hay algo que vale la pena, alguien siempre me lo dice. Esta vez me dijeron: “Leé la nota que Beatriz Sarlo publicó el jueves 28 en La Nación”. La leí. Dice: “Pensé también en los que formaron el lado intelectual del conglomerado que armó Kirchner. Con ellos he discutido mucho en estos años. Sin embargo, me resulta sencillo ponerme en su lugar. Muchos vienen de una larga militancia en el peronismo de izquierda; vivieron la humillación del menemismo, que fue para ellos una derrota y una gigantesca anomalía, una enfermedad del movimiento popular. Cuando los mayores de este contingente representativo ya pensaban que en sus vidas no habría un renacimiento de la política, Kirchner les abrió el escenario donde creyeron encontrar, nuevamente, los viejos ideales. Pensé que se engañaban, pero eso no borronea la imaginación de su dolor”. Hace muchos años que conozco a Beatriz. Sinceramente creí que el odio había extraviado su inteligencia durante los últimos tiempos. Y lo lamenté, sinceramente también. Esta nota que ha publicado, no sólo por estar al lado de la de un obsesivo y un tipo que me importa lo que pueda importarme un plumero, es de una nobleza excepcional. Si tu mano es una mano tendida, Beatriz, contá con la mía para estrecharla.



Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas! Plas!

Qué cosa el Peronismo

domingo, 15 de agosto de 2010 · 1 comentarios

Qué cosa el Peronismo, caramba. Cómo diablos será posible entenderlo. El que mejor desperonizó al país (una obsesión que compartieron durante años la oligarquía y la izquierda revolucionaria o académica) fue un peronista. (Menem).

José Pablo Feinmann
Peronismo
Filosofía política de una persistencia argentina.

Los Blogueros dicen NO

sábado, 1 de mayo de 2010 · 1 comentarios

Robado de Nada es Casual




Ante tanta mierda contra los blogueros que dispararon esta semana, y leyendo unos textos de José Pablo Feinmann, se me ocurrió hacer una adaptación sobre unos párrafos del filósofo. Con el mayor de los respetos José.


El Bloguero no le teme al multimedio. Sabe que hay operaciones de prensa, que durante las madrugadas salen a tapar carteles cuando no, a pergarlos, que censura para adentro, que miente, que oculta información,etc. El ataque a los blogueros leales al Gobierno Nac&Pop es absoluto. Pero este ataque no impide que los Blogueros buscaran y conquistaran una identidad. Así, se encuentra a sí mismo en el más absoluto ataque. El Bloguero no se aparta de lo negativo. Sabe que el multimedia niega todo lo que los blogueros en resistencia informativa dicen. Pero los blogueros despliegan una fuerza mágica. Desde ahí, se atreven a negar al multimedia. A negar a eso que los niega. Esta fuerza mágica hace que lo negativo vuelva a ser. O, digamos más apropiadamente para nuestro tema, hace que lo negativo sea la fuerza identitaria de los blogueros. Somos la negación de quien nos niega. No tiene razón. No son invencibles. No nos van a destruir. Los Blogueros no los reconocemos. Los negamos. No somos ellos. Ellos no son nosotros. Somos uno la negación del otro. Estamos en esa beligerancia. Esa bligerancia sólo la negación puede expresarla.
“Los Blogueros dicen no” es ejercer sobre el dominador de la palabra la negación del dominado. Pero en ese mismo acto de negación el dominado se afirma a sí mismo. Cuando los Blogueros dicen “no” a los grandes medios de desinformación se están diciendo “sí” a sí mismo. Se trata de un mismo surgimiento. “NO” y “SI” se producen simultáneamente. No hay diferenciación temporal. Ni siquiera lógica. No bien se dice “los blogueros dicen no” a los concentradores de la palabra y la desinformación se dice “si” a los blogueros. Y entre ese “no” y ese “sí” se arma la trama que posibilita la praxis. A eso, Feinmann llama dialéctica. Sin superación, sin conciliación, sin teología. Pero sí al aparato conceptual de negación del Otro y afirmación del Sí mismo que genera la praxis de liberación.


No hubo ni habrá nada como la Resistencia Informativa. La hizo el cansancio, el hartazgo y la lucidez de los blogueros. No la condujo nadie. Ni pensaron en otro tipo de lucha, en censurar a alguien. Se reunieron en las parrillas, los clubes, sindicatos y los posteos comunes fueron ejemplares para imponer otra mirada. La tuvieron que lidiar con infamias y mentiras. Pero nada podrá detener la lucha de los blogueros. No significa que van a ganar. Eso nadie puede decirlo. Y ya se dijo demasiado. No. Significa que van a seguir peleando. Porque un día –en plena lucha de la Resistencia– apareció una pintada en un pequeño lugar que llevaba por nombre Villa Manuelita. Y expresa el empecinamiento de los hombres por pelear hasta el fin por eso que los hace –precisamente– hombres, su libertad. La pintada decía: Los yankis, los rusos y las potencias reconocen a la Libertadora. Villa Manuelita no. Por eso, los blogueros también dicen NO a la concentración informativa.
 
Excelente trabajo de Moo, sobre los textos de José Pablo Feinmann, filósofo muy leído, por lo menos en mi caso, aún a sabiendas de su apresurada opinión sobre los blogs. 

La búsqueda de alguien que haga la tarea

sábado, 10 de abril de 2010 · 0 comentarios

En el video de post anterior vemos como Grondona, se lamenta de que teniendo la oposición -supuestamente- al gobierno entre las cuerdas, no le aplique el último golpe de  knock out. El golpe definitivo. Y cuando esta lacra habla de golpe de puño, no hace otra cosa que hablar de golpe destituyente. No es sorprendente esta actitud de golpista del mismo, ya que su pasado cuenta con acciones mucho más activas que las de ahora, que no pasan ser apenas, opiniones en un programa que ya no ve nadie. 
Antes escribía en acérrimo apoyo a los militares, en diversos diarios y revistas, textos como el siguiente salieron de la tinta envenenada de este hijo de puta: "Por creer que el derecho a la seguridad es un derecho humano que el Estado debe proteger, los argentinos recibimos hoy la visita de la CIDH. Esto es lo malo. Que están aquí precisamente porque somos derechos y humanos”. Esto lo escribió en septiembre del 79, cuando el país recibía la visita de la Comisión Internamericana de Derechos Humanos.
También antes de apoyar a la dictadura, hizo lo mismo con López Rega, a quien defendió en otro escrito como la persona que debía hacer la tarea. O sea aquella persona que hacía lo que muchos querían, pero que en realidad no se animaban a llevar a cabo. López Rega era aquella persona. Era para él, la persona que recoje la ingratitud de aquellos a quienes defiende. Esta defensa la hizo através de una "nota" que tituló: "meditación del elegido".
En la cita que sigue José Pablo Feinmann, lo describe mejor.

Los que hacen la tarea

No todas las tareas son iguales, no todas entregan a quienes las hacen la misma retribución, el mismo cálido, honorífico reconocimiento. Todo hombre desea ser reconocido. Incluso Hegel dijo que en eso consistía la historia humana: en el deseo de ser reconocido por el Otro. Pero, en la polis, hay reconocimientos que se retacean porque otorgarlos revelaría aspectos sombríos, incómodos. Hay tareas sucias. No todos están dispuestos a hacerlas porque no todos se atreven al verdadero sacrificio por la patria, acaso al más grande: al oscuro, al secreto, al que nadie ponderará. Hacia fines de 1974 la Argentina era un campo de batalla en el que la vida se tomaba ligeramente, con liviana crueldad, porque nada valía. Creo, seriamente lo creo, que debo decir por qué estoy metiendo al lector en una historicidad amarga, de recuerdo doloroso. Ando, desde hace tiempo, preparando materiales para un libro sobre la historia del peronismo. Se trataría, en lo posible, de reflexionar acerca de los materiales que van surgiendo. A esta reflexión sobre los hechos (y a otros elementos que se le suman) se le podría dar el nombre de Filosofía política. Pero esto es lo de menos. La cuestión –lo que aquí interesa– viene por otro lado. Hay un acopio de materiales y ese acopio exige meterse entre papeles, documentos y hasta hablar con algunas personas, preguntarles qué hacían durante el año, digamos, 1953 o 1956 o 1974. Detengámonos aquí, en este año, en 1974. Aquí es cuando la Argentina era un campo de batalla: el 1o de julio muere Perón. El 4 de julio la presidenta (la heredera de Perón, la vice que él se puso y que ahora gobierna, Isabel Martínez) confirma a López Rega como su secretario privado. Mala noticia para muchos: nadie ignoraba que López Rega manejaba la organización terrorista Triple A, que era un ejército de mercenarios que mataban sin cesar, y deseaban por tal motivo la caída del secretario de la presidenta. No: ella lo confirma. También mataba la guerrilla. Mataba tan irracionalmente como para matar a Arturo Mor Roig, que había sido ministro del Interior de Lanusse. El 31 de julio la Triple A mata a Rodolfo Ortega Peña, un hombre brillante, un notable historiador, un estilista. El ERP secuestra al mayor Larrabure. En septiembre el siniestro brigadier Lacabanne asume como interventor en Córdoba. Es un hombre comprometido con la Triple A, uno de los suyos, un asesino. Atilio López, un tipo bueno, un auténtico negrazo peronista, con bigotes, panza, cordobés, derrocado malamente por algo que se llamó el “Navarrazo”, recibe entre ochenta y cien balazos de la Triple A. Ni la cara le dejan. Sucede el 16 de septiembre, aniversario de la Revolución Libertadora. Al día siguiente asume un nazi en la Universidad de Buenos Aires, Alberto Ottalagano, más cercanamente recordado porque hizo el saludo hitleriano en medio de la campaña de Luder, en el ’83. Los Montoneros secuestran a los hermanos Born. Matan al médico policial Alejandro Bartosch. La Triple A mata a Julio Troxler, uno de los dos o tres que se habían salvado de la “operación masacre” de José León Suárez, en el ’56. Matan a Silvio Frondizi. En octubre, el ERP 22 de Agosto mata a Jordán Bruno Genta, un nacionalsocialista nativo que enseñaba a los militares las doctrinas del Führer alemán. Los Montoneros matan a Villar, policía formado por la OAS y la Escuela de las Américas, colocado por Perón en el más alto escalón de la Policía Federal. Montoneros roba y luego devuelve el cadáver de Aramburu. El ERP, en Tucumán, mata al capitán Viola y a su hija de tres años, otra queda malherida. En diciembre, el ERP 22 de Agosto mata a Carlos Sacheri, un profesor de filosofía, hombre de la derecha argentina que dictaba clases a los militares. Estos eran los tiempos. Durante ellos, en una revista de nombre Carta política, a fines de 1974, un periodista, que también daba cursos a los militares, con un estilo cuidadoso, con una prosa de una precisión, de una minuciosidad admirables, publica un texto (él es el director de la publicación) que titula: Meditación del elegido.
No se trata de un “artículo periodístico”. De eso que se llama una “nota”. Ni siquiera es un “editorial”. Es mucho más: es una meditación. Palabra venerable que remite a la filosofía y, muy especialmente, a la religiosidad. Tiene un aire medieval, tomista, que impone respeto, cierta distancia, la distancia de lo sereno, de la cautela, no el apresuramiento de lo periodístico, sino la hondura del silencio recoleto, austero. El efecto escalofriante del texto se produce por la austeridad del estilo y los hechos criminales a los que alude. Pocas veces el asesinato fue reclamado con tanto ascetismo, bajo la forma serena pero poderosa de una plegaria laica. (menudo párrafo de Feinmann)
El autor del texto es Mariano Grondona, largamente conocido en este país. Tomaremos sólo algunos párrafos de su homilía. El “elegido” es José López Rega, el ministro de Bienestar Social, creador, junto con el comisario Alberto Villar y bajo la mirada insoslayable de Juan Perón (no podía “no saber” lo que se hacía bajo sus propios ojos, participara o no de los hechos), de la Triple A. La organización había actuado sin desbocarse en vida de Perón, aunque realizara acciones terribles y hasta espectaculares. Perón, además, hizo tomar los datos de la periodista Ana Guzzeti, quien se atrevió a preguntarle si actuaban fuerzas parapoliciales en el país. A partir de la muerte del viejo líder la Triple A se entregó a una matanza incontenible. Muchos, gente del establishment, militares, sindicalistas, habitantes aterrorizados de todo el país, pidieron o desearon la caída de López Rega, sabiéndolo el líder de los asesinos. Alguien, no obstante, surgió para decir cautamente: “La caída, que muchos desean, entrañaría peligros”. Fue Mariano Grondona en su revista Carta política. Un liberal, un hombre de la democracia, un hombre del riñón oligárquico, un ideólogo de las Fuerzas Armadas, sale a defender a un fascista muñecoide, a un patético Adolf Hitler de opereta, un monje umbandista, un tipo que sólo parecía ser útil para masajear la próstata del General, a quien llamaba “Faraón”. Describe como “serie de desenvolvimientos” los actos que López ha promovido. Dice que los mismos “se aprueban en voz baja y se critican en voz alta”. Le encuentra, a López, una “estirpe”: “De la estirpe de los Ottalagano y los Lacabanne, José López Rega es uno de esos luchadores que recogen, por lo general, la ingratitud del sistema al que protegen”. Dura tarea la de López: tiene que ordenar muertes, torturas, desapariciones y nada puede esperar. El bronce será para otros. “Hay hombres (se lee en la Meditación) cuyo destino es hacer la tarea. Otros tienen la vocación de coronarla.” Observemos la justeza de la prosa. Dos frases breves. Cada una dice lo suyo. Una habla de un “destino” y de una “tarea”. El “elegido” es el que –precisamente– ha sido “elegido” para la “tarea”. Debemos respetar su soledad, su sacrificio austero: no busca la gloria, esa coronación que la segunda frase menciona. No quiere ser coronado, sólo quiere cumplir. Cumplir con el destino para el que ha sido elegido. Muchos quieren librarse de él. No entienden las sinuosidades de la Historia. Hay grandes hombres que coronan grandes sucesos. Hay pequeños hombres que les preparan el camino haciendo el trabajo sucio, sólo les queda la poética de las zanjas, el amontonamiento de cadáveres clandestinos. “López Rega” (sigue meditando el meditador) “cumple al lado de la presidenta el papel de meter la mano en tareas antipáticas (...) Sería por lo menos arriesgado prescindir, hoy, de este servicio”. Pocas veces –insistamos en esto– la muerte fue requerida con tan buena prosa. Durante esos días las listas de la Triple A eran groseras, toscas. La revista El Caudillo, que dirigía un matón de nombre Felipe Romeo, decía, antes de que Ortega Peña fuera asesinado, que los “buenos peronistas” ya tenían una bala para él. O también: “El que le teme a la Triple A por algo será”, frase que haría historia en la Argentina del Proceso, que coronó los esfuerzos de López, sobredimensionados hasta lo monstruoso. Lejos de toda esta chatarra deslenguada y patotera, gangsteril, la Meditación de Grondona fue el apoyo más elegante que López Rega pudo haber recibido. Difícil saber si el “elegido” la valoró adecuadamente. Era muy tosco el hombre, un matarife sin grandeza, sólo un clown sanguinario. Sin embargo, fue el exacto hombre que en ese momento la Historia requirió para “hacer la tarea”, fue “el elegido”. No dejó de advertirlo Grondona. Quien, como vemos, también supo siempre y también sabe ahora “hacer la tarea”.

Imperdible

jueves, 18 de febrero de 2010 · 2 comentarios

Un fragmento de una emisión de la Noticia Rebelde, que tuvo como invitado a José Pablo Feinmann. La única cagada del video, son las intervenciones del deformado de Nicolás Repetto.



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