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Trelew III

lunes, 24 de agosto de 2009 · 0 comentarios

Libres o Muertos, Jamás Esclavos

La Masacre


-Yo comparto la evaluación que se hizo en aquel momento -dijo María Antonia Berger, sobreviviente de la masacre de Trelew.
-¿En qué consistía esa evaluación? -preguntó el periodista.
-No avisar a los compañeros que estaban sobrevolando el aeropuerto que habíamos llegado. No podíamos garantizar que pudiesen despegar nuevamente si ellos bajaban, las Fuerzas Armadas estaban cerca.
-¿Las Fuerzas Armadas?
-A esta altura de los acontecimientos ya estaba la Marina al mando del capitán Sosa rodeándonos. Nosotros éramos diecinueve combatientes con pistolas y algunos FAL. Ellos estaban totalmente pertrechados. Decidimos entregarnos y pedir garantías, por eso exigimos un juez -dijo María Antonia.
-¿Hubo un juez? -preguntó el periodista incrédulo.
-Sí, lo habíamos conocido en el penal. Él y la prensa eran nuestro reaseguro. El juez aceptó nuestras condiciones, fuimos haciendo una fila y entregamos las armas pacíficamente gritando "Viva Perón".
Mariano Pujadas miraba desconfiado al capitán Sosa; había un rictus que le preocupaba, su casco militar estaba echado atrás y con mirada fría controlaba la fila que lentamente se desprendía de su armamento. Él quería desde el comienzo llevarlos a la Base Almirante Zar, sin embargo el juez se lo impedía.
-Entonces apareció la "trampa legal" -dijo Mariano cuando se enteró.
-¿Qué trampa?
-Se decretó el estado de emergencia, quedando así todas las fuerzas de seguridad bajo el mando militar, en este caso el Quinto Cuerpo. Sosa ya nos tenía atrapados y encerrados en el ómnibus; todo fue perfectamente calculado, el juez estaba subordinado.
Por una radio cercana al ómnibus se escuchó la noticia esperada: "Hacemos una interrupción del programa para informar que un cable de Chile anunció el aterrizaje del avión secuestrado por los guerrilleros argentinos en Puerto Montt..."
-Estallamos de alegría -dijo María Antonia.
-Y lo festejamos a nuestra manera, por supuesto, con la marcha peronista -agregó Haidar-. Pensamos luego que habíamos logrado objetivos importantes: ocupar el penal de máxima seguridad de Rawson; copar el aeropuerto más de cuatro horas y lograr que el primer escalón de compañeros estuviera en Chile.
-Sosa estaba fuera de sí -dijo María Antonia.
Los conscriptos que los custodiaban enseguida entablaron conversación. La diferencia de edad no era mucha entre ellos, no más de tres años en algunos casos. Eran todos jóvenes y tenían los mismos códigos. Intercambiaron cigarrillos y hasta algunas bromas.
Sosa se fue acercando lentamente sin que los conscriptos le prestaran atención. La voz de mando no se hizo esperar.
- ¡Soldado! -gritó-, ¡con estos delincuentes ni una sola palabra, carajo!
-Sí, mi capitán -contestó el soldado rápidamente, con los ojos desorbitados y tirando el cigarrillo con disimulo.
-¡Nos vamos! -dijo Sosa, dando media vuelta para subir a su jeep.
-Muchachos -dijo el chofer entre dientes-, los lleva a la Base Almirante Zar.
Un frío los invadió y se instaló el silencio. Sosa sonreía.
El ómnibus salió lentamente, la Base quedaba exactamente a seis kilómetros de ese lugar.
Esa instalación de la Marina no era muy distinta a otras guarniciones militares. El jeep abrió paso a la columna de vehículos, ómnibus y camiones de techo verde oliva. Los Máuser alemanes eran las armas de guerra clásicas.
-Mi capitán, las celdas están listas -dijo un soldado cuadrándose en un saludo enérgico, taconeando su propia subordinación.
Sosa lo miró con desprecio.
-Vamos -ordenó haciendo una mueca.
Ya estaba pensando en la guardia que debería instrumentar.
-Estos pendejos de mierda -pensaba- si los dejo tomar contacto me los hacen guerrilleros, tengo que preparar una guardia profesional.
Las celdas no se diferenciaban de otras celdas. Hasta el olor a encierro y la humedad típica de los lugares sin ventilación presagiaban un destino incierto.
Les fueron entregando unas frazadas después de hacerlos desnudar y realizar ejercicios físicos ante la mirada de los colimbas.
-Ya van a ver lo que es meterse con la marina -repetía una y otra vez Sosa mientras daba órdenes a los gritos.
Esa noche los conscriptos les contaron algunos detalles de lo que habían escuchado cerca del casino de oficiales.
-Creo que los van a liquidar, muchachos -dijo uno asustado.
-Este Sosa es el más hijo de puta de la Base -afirmó otro.
-Le gatilla la 45 en la cabeza a cualquiera, nunca sabemos si al cargador le quedó una bala.
-El click es suficiente.
-Nadie pregunta.
-Todos le temen.
A la noche siguiente entró la guardia profesional. Cuatro suboficiales de rostro poco expresivo los obligaron a cambiar la rutina nocturna. El silencio se instauró inmediatamente luego de la orden: "Nadie habla, carajo".
-No falta mucho para que les dé una lección -dijo Sosa mientras se retiraba por la puerta delantera.
Los interrogatorios al comienzo fueron sin violencia, quienes los hacían demostraban dudas y hasta impericia, sin embargo, no demoraron en llegar las "fuerzas especiales" dedicadas a extraer información en base a la tortura.
-Vio capitán, sin tortura no habrá declaración alguna -afirmó el suboficial apoyado en el marco de la puerta. Su mano derecha siempre tenía dos monedas en permanente rotación.
Bravo gozaba con las acciones de presión psicológica. Las amenazas, los fusilamientos frustrados y las provocaciones eran su conducta constante. En varias oportunidades dejaba su pistola cerca de los muchachos para que estos la tomen y tener la justificación que buscaba en forma permanente. Claro, no tenía balas en su cargador.
El 22 de agosto comenzó en plena madrugada.
-Nos despertaron a las tres y media de la mañana a gritos y golpes. El juez Quiroga había estado la mañana anterior verificando nuestro estado -dijo María Antonia.
Las ráfagas no tardaron en aparecer. El tableteo de las ametralladoras fue infernal. Cada uno trató de comprender lo que pasaba, ya que no había una visión clara del lugar de inicio. Todos atinaron a tirarse cuerpo a tierra.
El suéter blanco de Mariano Pujadas se llenó de puntos rojos; Polti cayó herido quejándose; Clarisa La Place, Mario Delfino y Alfredo Kohon fueron fusilados. Las paredes salpicaron el revoque. Hubo quejidos y lamentos mezclados con los gritos histéricos de los guardias que usaban su metralla.
Alberto Camps, en medio del tiroteo, humo de pólvora, gritos y paredes perforadas, alcanzó a visualizar en el marco de la puerta a Bravo, con dos pistolas a la altura de su cintura.  Con una sonrisa y un rictus de desprecio comenzó a disparar. Alberto no tenía como eludir las balas. La bala que perforó su abdomen le provocó a los pocos segundos arcadas y vómitos de sangre. Se tiró instintivamente hacia la derecha y cayó lleno de sangre. Lo dieron por muerto.
Bravo ya estaba cebado y buscó otra celda, la de Haidar. Desde el marco de la puerta repitió la operación. La última bala perforó el tórax que comenzó a sangrar y a dificultar la respiración de Haidar.
En la celda del frente se escuchó un grito desgarrador: "¡Hijo de puta!". Fue el último estertor de otro masacrado al que no pudo identificar.
Un estruendo de bala fue la única respuesta.
Había comenzado el operativo "remate".
María Antonia Berger tenía la mandíbula destruida, brotaba sangre que la ahogaba y sus manos retenían el abdomen perforado. Cayó casi pegada a la pared y con sus dedos ensangrentados trató de escribir los nombres de los asesinos: Bravo y Sosa. Sin embargo, alguien los borraba.
Ya dada por muerta, sola en su celda, escribió: LOMJE.
Esto tenía un solo significado, "libres o muertos, jamás esclavos".
Entre gritos y remates, Sosa gritaba a sus compañeros de armas.
-Recuerden cabrones, Pujadas trató de tomar la ametralladora de la puerta y se amotinaron para una fuga masiva, al que cambie la versión lo hago boleta.
Los balazos de las metrallas, el griterío infernal y el humo no tardaron en alertar a otros integrantes de la Base Almirante Zar, que acudieron en pijamas con armas en sus manos pensando cualquier cosa menos en una masacre.
-¿Qué carajo pasa? -gritó el primer oficial que apareció.
Sosa quedó inmovilizado. Necesitaba unos minutos más para lerminar su obra macabra. Ya no podía rematar a nadie. Sin embargo, pensó que no quedaba nadie vivo.
El aspecto de las celdas y los pasillos era estremecedor; algunos quejidos demostraban que había sobrevivientes. Los revoques levantados, las paredes con sangre, los cuerpos inmóviles daban un aspecto de horror.
Un enfermero iba dando vuelta cada uno de los diecinueve presuntos cadáveres.
-Muerto -decía-; agoniza, pero no se salva; vivo, traigan una ambulancia; muerto -proseguía en un conteo interminable- este está reventado; ivivo! -gritaba- a esta súbanla a una camilla... está viva con la mandíbula destrozada -dijo refiriéndose a María Antonia.
Cuatro cuerpos fueron llevados a un recinto solitario; no les realizaron maniobras de limpieza, canalización de tráquea o arterias y venas. Quedaron abandonados.
-Al carajo -dijo uno que los había llevado.
-Que se caguen -agregó otro mientras dejaban el recinto.
Quedaron solos. Camps, medio de costado, alcanzó a ver al Turco Haidar lleno de sangre y hecho un ovillo.
"Debe estar muerto", pensó.
-Turco, ¿estás vivo? -preguntó temeroso.
La respuesta tardó, pero llegó acompañada de un pequeño movimiento de su cuerpo maltrecho.
-Sí, estoy vivo, pero no sé por cuánto tiempo.
-¿Cuántos quedamos? -preguntó Alberto.
-Tres -respondió el Turco.
-¿Quién es el otro?
-María Antonia, pero creo que está fregada.
Los invadió el silencio, y los recuerdos de los hechos recientes les arrancaron algunas lágrimas. María Antonia estaba inconsciente.
Los ruidos secos de los remates aún retumbaban en sus cabezas.
La llegada de los médicos fue tardía. Los exámenes fueror superficiales.
"Tienen miedo de nuestra sangre", pensó Haidar.
-Hay que derivarlos a Bahía Blanca -fue lo último que escucharon.
Sosa y Bravo declaraban al lado del recinto. Una puerta entreabierta dejaba llegar sus comentarios.
Bravo se aferraba a la teoría de la fuga.
-Este hijo de puta de Pujadas trató de escapar y matarnos. Tomó la ametralladora de guardia en un descuido nuestro.
-Y comenzó a tirarnos -completó Sosa-. No tuvimos más remedio que responder con fuego cruzado. Además, el resto de los prisioneros había comenzado a copar los pasillos. Nos arrebataron las armas.
-El tiroteo fue terrible -aseguró Bravo.
El oficial sumariante acotó con inocencia:
-Nos llama la atención que en la pared de ingreso a las celdas no hay un solo tiro..., es como si los disparos hubiesen sido realizados para un solo lado.
-¿Cómo para un solo lado? -respondió Bravo enojado.
-Usted debe comprender y anotar, hubo un intento de fuga con los prisioneros armados -dijo Sosa alzando la voz.
-Sí, mi capitán, intento de fuga con prisioneros armados. ¿Cuántas bajas tuvo, capitán? -preguntó el sumariante.
-Ninguna, tuvimos una respuesta inmediata y logramos cubrirnos.
-Lograron cubrirse -repitió el escribiente.
Terminado el primer procedimiento administrativo del sumario interno, Sosa y Bravo leyeron cuidadosamente la declaración. Hicieron algunas observaciones sin importancia.
-Para que quede prolijo -dijo Sosa-. Ha sido un milagro continuar vivos - agregó mirando a Bravo que asentía con seriedad.
-Un verdadero milagro.
-Milagro -repitió el sumariante sin levantar la vista.
Los tres sobrevivientes alcanzaron a escuchar algunas de las frases más importantes y su indignación fue más intensa que el dolor de los balazos.
"Esa va a ser la versión oficial", pensó el Turco.
El almirante Hermes Quijada se acomodó los anteojos antes de leer por radio y televisión el comunicado oficial del gobierno de facto.
"Armados con ametralladoras y pistolas, los diecinueve prisioneros intentaron la toma del



Formación de ¡os 19 compañeros cuando se entregaban ¡as instalaciones del Aeropuerto de Trelew.
 De izquierda a derecha: Susana Lesgart y Ana Virrarreal (embarazada),
 compañeras de Vaca Narvaja y Santucho.


pabellón donde se alojaban con el propósito de emprender una nueva fuga. El combate fue intenso y dramático y resultaron muertos dieciséis subversivos, quedando en grave estado e internados en hospitales militares los ciudadanos María Antonia Berger, Rene Ricardo Haidar y Alberto Camps. Los tres se encuentran en gravísimo estado, temiéndose por sus vidas".
La revista Descamisados recopiló detalladamente cada una de las declaraciones de los profesionales de la provincia de Chubut que fueron luego voceros de la masacre.
Alejandro Lanusse, presidente de jacto en el momento de los asesinatos, se aferró a la versión de Sosa y Bravo tratando de reafirmar el acto salvaje de un nuevo intento de fuga, parangonándolo con la fuga del penal de Rawson y la muerte, en medio del tiroteo cruzado, del guardiacárcel Valenzuela.
-Por suerte, en esta acción las Fuerzas Armadas no tuvieron bajas -afirmó con orgullo.
"Personalmente, ordené al general Betti que de inmediato y con toda la fuerza retomara el penal de Rawson sin importar las consecuencias. Había que quebrar la actitud de los rebeldes", había dicho cuando la fuga de Rawson.
-Esta vez, la Armada, en una acción rápida, controló la fuga de los subversivos, falleciendo en el tiroteo la mayoría de ellos.
En la Base Almirante Zar la suerte estaba echada. La versión oficial se trasladó a la población. Sólo la lectura de Descamisados pudo llevar información y testimonio a los argentinos.
La masacre fue un hecho.
"Las Fuerzas Armadas han perdido el honor", aclaró preocupado Arsenio Poutien en Chile.


Relato rescatado del libro "con igual ánimo"
Fernando Vaca Narvaja



Trelew II

sábado, 22 de agosto de 2009 · 0 comentarios

Rawson

Los guardiacárceles ingresaban con furia, machetes y gomones en mano, para separar a los dos grupos enfrentados en el pabellón de presos políticos de Rawson. Seleccionaban cinco o seis, los esposaban, y casi a patadas los llevaban al chancho: celda de castigo, en la que el tiempo se perdía en su misma sombra. Siete, diez y hasta quince días había que esperar para ver otra vez la luz.
Era el precio que pagaban los presos por bloquear el ingreso de la requisa militar no programada, para que el grupo destinado a guardar los rastros del trabajo en el túnel no fuese descubierto. Los grupos de choque estaban siempre expectantes en las rejas de entrada; los de apoyo, a pocos metros del lugar de trabajo. El túnel representaba una nueva posibilidad para todos.
Cada gramo de tierra extraída era eliminado por las rejillas de los baños, aprovechando el vapor del agua caliente. Cada piedra era repartida entre los ciento veinte compañeros para que en sacos se las llevaran a la hora del paseo solar o en el momento del juego y las tiraran sobre los bordes del patio. Si bien los guardiacárceles no se daban cuenta, ellos veían crecer de piedras las orillas de la cancha de fútbol en el centro del patio.
Los grupos de excavación se complementaban con los de artesanos, que fabricaban pistolas de jabón, que luego pintaban con betún negro; el grupo de los metalúrgicos, que fabricaba, con los calentadores Bram Metal, las cucharas para cavar; el grupo de ingenieros, que fabricaba tirantes hechos de papel y engrudo para sostener el techo y estructura del túnel; el grupo encargado de tapar los sonidos, que se encargaba de entrar almohadas, frazadas y otros  elementos que evitaban que el golpe del palo explorador de la requisa descubriera el sonido hueco de una excavación subterrá­nea.
Los planes de fuga se habían desarrollado desde el ingreso al penal de máxima seguridad. El túnel era uno de ellos, y a largo plazo, por las dificultades técnicas y operativas. La toma del penal desde adentro era otra de las alternativas que se desarrollaba meticulosa­mente. Se registraban los horarios del cambio de guardias, se medían los pasos entre los retenes, se analizaban los pasillos enjau­lados, se estudiaban los dos sectores de guardias. Había uno arriba y otro abajo. Los de arriba pertenecían a un grupo numeroso que con independencia de la guardia interna, vigilaban desde sus leoneras (corredores protegidos arriba de celdas y pasillos) los movimientos de presos y guardiacárceles. Estaban fuertemente armados y sólo obedecían las órdenes de su inmediato superior.
Los más interesados en la fuga eran indudablemente el ERP, FAR y FAP. Montoneros tenía parte de la conducción encarcelada, pero las otras agrupaciones, más del 80%. Los presos de origen gremial estaban en pabellones separados. Agustín Tosco, Raimundo Ongaro, las conducciones del Sitrac-Sitram (sindicato combativo de los mecánicos) de Córdoba completaban un elenco de características poco comunes.
Los grupos de apoyo, impulsados desde el exterior del Penal por Capuano Martínez por Montoneros, Víctor Fernández Palmeiro por ERP, Carlos Goldenberg por FAR entre muchos otros más, comen­zaron a programar vehículos para mover ciento veinte presos, y a estudiar el aeropuerto local para verificar vuelos, el tiempo que demoraban en subir los pasajeros, combustible y distancia para aprovisionarse en caso de salir al exterior. Chile era una posibilidad. A su vez, los grupos comando empezaron a proveer en los acanti­lados de la costa atlántica, equipos de supervivencia con ropa, alimentos envasados, abrigos y armas, perfectamente camuflados. Todo esto por la posibilidad de un fracaso en el operativo.
Capuano Martínez Carlos fue asesinado poco antes de la fuga debilitando un contacto fundamental para Montoneros. Un mes antes habían logrado introducir al penal un uniforme completo de teniente del ejército y una pistola 45, que fueron luego guardados en el túnel. El día convenido se acercaba. Se especulaba con el frío y el viento de agosto en la Patagonia, para evitar el tránsito externo de guardiacárceles o, al menos, reducir sus frecuencias de control.
Roberto Quieto y Mario Roberto Santucho pidieron hablar con el jefe de guardia. Días antes habían realizado igual procedimiento, de manera que esto fue tomado como un acto normal. El jefe de guardia y otros carceleros fueron rápidamente reducidos y les quitaron el uniforme. El operativo estaba en marcha. Fernando llevaba el uniforme de teniente, dos iban como guardiacárceles y cuatro vestidos de civil, con el pelo cortado al mejor estilo militar. El grupo fue tomando posiciones en forma rápida y efectiva. Un segundo grupo consolidaba la toma, y un tercero abría celdas y pabellones arrastrándose por el piso de los pasillos cubiertos por las frazadas gris tierra.
Había que sortear dos peligros. Las leoneras, donde los guardias tenían una completa visión de los pasillos y puestos de retenes, y el vivac (lugar destinado al armamento, pertrechos y camas de descan­so) de la entrada al penal, donde había siempre personal de refuerzo altamente entrenado en motines.
Avanzaron con decisión por el último retén. Sometidos sus controles, quedaba el vivac  sobre el ala derecha. Dos guardias custodiaban la entrada armados con ametralladoras FAL. Se acer­caron con paso firme y al llegar ante los guardias, que se mostraban sorprendidos y confusos, el teniente les envió la voz de mando:
-Entregúeme su arma, soldado -ordenó Fernando a uno de ellos.
El soldado titubeó, pero luego accedió al pedido.
-Así no se entrega un arma -manifestó con seriedad Fernando a la vez que le devolvía la metralleta-. Entregúela como corresponde.
El soldado taconeó y mediante un "sí, mi teniente", entregó su arma con las dos manos firmes y un gesto seguro.
Ambos fueron reducidos inmediatamente y el ingreso al vivac se produjo con la misma firmeza, sólo que esta vez las armas estaban multiplicadas.
Ocupada luego el área administrativa, sólo restaba la toma de la guardia externa de los portones de ingreso, y la entrada de los vehículos, que supuestamente ya estaban listos para evacuar el Penal.
La señal de inicio del operativo "toma del penal", debía ser realizada con un aviso desde las celdas de mujeres, en lo alto del tercer pabellón y con vista directa a la calle principal. Pero el aviso fue tomado en forma errónea y se malinterpretó.
-Creímos que el operativo estaba suspendido -dirían algunos más tarde para explicar sus ausencias.
Sólo un Ford Falcon hizo su ingreso luego de la toma de la guardia del portón. Carlos Goldenberg, que lo conducía, estacionó ignorando que el resto de los vehículos había regresado a sus lugares (le origen. Se decidió, entonces, usar los autos del personal adminis-Irativo del penal que estaban estacionados. El objetivo era lograr la luga de los tres grupos que se habían determinado por unanimidad. Seis personas en el primer vehículo, diecinueve en el segundo y el resto en camiones.
La llegada al Aeropuerto no fue muy agradable, porque el enorme avión de Austral se estaba alejando, dirigiéndose a la cabecera de la pista. En ese avión iban tres guerrilleros: el Gallego Víctor Fernández Palmeiro, Alejandro Ferreyra y una compañera de las FAR, Ana Wiessen, quienes suspendieron la toma del avión al verificar que en el aeropuerto no había señales de la fuga.
Estacionaron y, casi corriendo, entraron tratando de disimular la desesperación. Fernando casi choca con el coronel Pellinger, que ni bien lo vio lo llamó.
-Teniente primero -dijo con voz de mando.
-Sí, mi coronel -retrucó Fernando.
-Tiene las charreteras dadas vuelta -aseguró mirándolo con curiosidad.
-Sí, mi coronel -contestó, luego de verificar que era cierto-. Usted sabe, las mujeres... -y se fue retirando, asegurándole que las arreglaría.
Osatinsky y Santucho ya habían llegado a la puerta de acceso de la torre de control. Estaba cerrada. Un guardia del aeropuerto se acercó y por medio de la radio portátil, con enlace en la torre, trató infructuosamente de comunicarse, hasta que Osatinsky le dijo en voz grave:
-En el avión hay una bomba, deben pararlo.
Esta vez la comunicación se facilitó y la voz de alarma fue transmitida en forma directa al comandante de Austral.
Allí comenzó un trabajo improvisado y a contrarreloj. El avión estaba llegando a la cabecera
de la pista. Osatinsky, Santucho, Fernando y el grupo de apoyo corrían hacia él.
La puerta del avión se abrió. La azafata estaba pálida y asustada. Al colocar la escalera, Fernando subió con rapidez hasta la platafor­ma superior. En ese momento, el Gallego Fernández Palmeiro lo encañonó, ya que no logró reconocerlo con el uniforme. Creyó que venían a buscarlo a él. El Gallego y Ferreyra tenían la misión de tomar el avión, lo que en ese momento realizaron, pero pensando que serían apresados.
-Es el Vasco, Gallego -gritó desde abajo Santucho, tratando de que el arma, ya a menos de un metro de la cabeza de Fernando, no martillara.
Fernández Palmeiro no supo qué hacer hasta que reconoció a Santucho y logró serenarse.
Después de subir todos, tomaron la cabina del piloto y cortaron la comunicación con la torre de control. Sólo debían transmitir las órdenes que ellos indicaran.
El plan de fuga contemplaba un margen de espera de quince a veinte minutos, que era el cálculo previsto para la posible llegada de cazas desde Bahía Blanca. De no partir en ese tiempo el plan corría el riesgo de fracasar.
A los veinte minutos exactos le dieron la orden al comandante.
-Partimos, el destino es Santiago de Chile. Pero vamos a sobrevolar el aeropuerto -siempre pensando en la llegada del segundo escalón, así denominado el grupo que salía después de los seis primeros convenidos.
-Imposible -contestó el comandante con evidente disgusto, en un estado de nervios-. No nos alcanza el combustible... a mitad de camino nos caemos.
-No es cierto -le contestaron-. Puede abastecerse en Puerto Montt y desde ahí salimos a Santiago.
El avión despegó. Bajo secuestro y rumbo a Chile.


Relato rescatado del libro "con igual ánimo"
Fernando Vaca Narvaja

Trelew I

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La Mordida

-Saquen ese animal de ahí, carajo... -ordenó el sargento de la policía en medio del griterío infernal de la dueña de casa, que estaba con un ataque de histeria, y los llantos de las mujeres pensionistas.
-No podemos, jefe... -contestaron los tres agentes mientras tironeaban de las piernas del policía de civil, que mordía con furia de perro rabioso el muslo deFernando con los dientes hincados y la mandíbula tensa. La sangre le corría por las comisuras de sus labios y sus dos manos golpeaban una y otra vez sobre el cuerpo de Fernando, que aún estaba inconsciente.
Recobrar el conocimiento en esas circunstancias no fue algo placentero. Sentía un
dolor y un ardor intenso en su cabeza y en su pierna derecha. Recordaba un golpe seco, casi en la nuca, con el que prácticamente lo habían dormido antes de quitarle el arma. Pero la pierna -pensó-, ¿por qué le dolía?
Inclinó su cabeza hacia el lado derecho y vio al policía prendido en la mitad de su muslo, mordiéndolo y zamarreando su pierna como un animal de caza.
Los tres policías que lo tironeaban lograron desprenderlo y escupió el pedazo de carne atrapado por el trismus de sus mandíbu­las. También escupió el pedazo de tela y empezó a insultar a los gritos a Fernando y toda su parentela. Estaba fuera de sí, descontrolado.
Fernando cayó preso en esa pensión, donde vivía una compañe­ra montonera, a quien Adriana Lesgart le había dejado una valija que llevaba a Tucumán para entregarle a él y a Susana Lesgart, su primera esposa asesinada durante la fuga del penal de Trelew. Los comisarios Tamañini y Albornoz, a cargo del operativo, custodiaban los alrededores de la casa desde hacía tres días, y con la complicidad de la dueña, habían apostado a dos policías en una habitación. Sabían que un tal Ramírez pasaría tarde o temprano por allí para retirar la valija, en la que habían encontrado documentación importante de Montoneros.
Ramírez era el nombre del documento falso que Fernando portó hasta septiembre de 1971, fecha en que se produjo la detención en la capital tucumana.
Habían sucedido episodios importantes como La Calera, el secuestro y ejecución del general Pedro Eugenio Aramburu, y muchos de los combatientes de las organizaciones armadas habían apostado a Tucumán como cabecera de playa. Ya había anteceden­tes de guerrilla rural: Massetti en Salta; Uturuncos en Tucumán.
Jorge Ricardo Massetti había fundado el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), con el objetivo de consolidar un segundo frente para complementar la guerrilla que el Che Guevara había iniciado en Bolivia. Era la época en que Arturo Illia ocupaba la presidencia en Argentina. Fernando conoció a dos de sus lugartenientes cuando estuvo preso en el Chaco, en la cárcel de máxima seguridad de Resistencia, provincia del Chaco. Allí entabló amistad con Méndez y Jouvé, sobrevivientes del EGP. La primera experiencia conjunta de organizaciones para lograr unidad de acción estaba en marcha.
A fines de 1971 fue trasladado de Devoto al Chaco. Las fuerzas de seguridad trataban de no mantener a los guerrilleros mucho tiempo en el mismo lugar.
Hacia septiembre-octubre de 1968, las FAP habían desarrollado, siguiendo el ejemplo de los Uturuncos, en Taco Ralo, su primer intento de guerrilla rural, abortado luego por las fuerzas de seguri­dad. Con poco equipamiento y escaso conocimiento, fueron perse­guidos por el comisario Tagmanini. Varios fueron enviados también a la cárcel de Resistencia, donde se pusieron en contacto con Fernando.
Montoneros ya estaba operando en Tucumán, cuando las FAR, destinaron cuadros de combate a la provincia. Su jefe regional, Julio Roque, estableció una relación de amistad con Fernando y Susana, sumando acuerdos políticos y ejecutando después la primera ope­ración conjunta pública: la toma de la comisaría de Mariano Moreno, que si bien fue una operación frustrada, porque perdieron armamentos y hombres, tuvo una repercusión nacional que ni Montoneros ni FAR esperaban. El enfrentamiento fue magnificado por los comunicados de las fuerzas de seguridad para aparentar una batalla de dimensiones.
Para ambas organizaciones tuvo consecuencias directas. Los cambios de domicilio, costumbres, contactos y lugares habituales, se impusieron por razones de seguridad interna. Montoneros había comprado en La Cocha, en el interior de Tucumán, un terreno con una pequeña edificación que acondicionaron incorporándole un sótano construido a prueba de humedad, para guardar armamen­to. Arriba, la vivienda tenía dos habitaciones y un baño con un anexo pequeño de cocina. En esa época, la FAR había secuestrado abundante armamento al ejército, y con camiones camuflados depositaban en diferentes provincias parte de lo acopiado. Julio Roque les dejó armas suficientes para una resistencia de un año. El sótano guardaba un tesoro bélico de grandes proporciones. Una muestra más de las acciones unificadas de las organizaciones por la liberación.
Desde allí, dejando una pareja de cuidadores -compañeros peronistas vinculados a las tareas agrícolas- se fueron a pleno centro tucumano y, cerca del Mercado de Abasto, alquilaron una vivienda con un depósito con tinglado cubierto que aprovechaban para guardar autos "recuperados".
Entre ellos, dos patrulleros que camuflaron para realizar rondas nocturnas yseguir el rastro a la policía por medio de su propia radio. Durante un año realizaron operaciones de poca envergadura y muchos militantes regresaron a sus provincias y a sus lugares de lucha.
Fue casualmente entonces, en septiembre de 1971, que Adriana Lesgart, enviada desde Córdoba para llevar ropa y documentación, se contactó con una compañera que vivía en la pensión, una típica casona colonial de puerta centralmaciza y gigante, y dos ventanales en arco con postigones de madera astillada. La vieja casona había sido "señalada" por la policía como una casa sospechosa por los movimientos de sus habitantes. La valija de Adriana fue revisada cuando ella salió y detectaron el correo. La celada se preparó minuciosamente y la dueña de casa prestó su colaboración incon­dicional.
La sospecha de que la casa estuviera "señalada" motivó que llamaran por teléfono a la dueña para asegurarse de que todo estaba normal. Le dijeron que a la tarde pasarían a buscar la valija que había dejado la viajera. Pensaban retirarla y marcharse buscando otro alojamiento.
-Pueden venir cuando quieran -les dijo, mientras miraba a su lado a los cuatro policías que la controlaban de cerca-. Los estaré esperando.
A las cinco de la tarde tocaron el timbre. Apareció ella con total naturalidad y nadie notó nada anormal afuera o adentro de la casa. El largo pasillo terminaba en un patio de invierno, con plantas y flores. A sus 'actos, cuatro puertas de habitaciones para alquilar permanecían cerradas. Entraron con naturalidad. Debían llegar a la última puerta de la derecha. Ni bien estuvieron en la mitad del pasillo, aparecieron policías desde atrás, al frente y a los lados. Fernando encontró, a quince centímetros de su frente, el cañón de una pistola 45 martillada, empuñada por un inmenso gordo pelado con un corte de pelo militar, que sudaba y temblaba a la vez. En una maniobra calculada logró quitarle la pistola, empuñarla y apuntar al policía ordenando que todos dejaran las armas. Pero dudó en martillar la pistola -de hacerlo era matar a sangre fría y ante un hombre desarmado- desde atrás un culatazo lo desvaneció y lo tiró en medio del pasillo. Allí fue cuando el inmenso policía enfurecido se arrojó sobre su muslo derecho y comenzó a morderlo sin parar.
-Mi nombre es Juan Carlos Ramírez -dijo Fernando ya recupe­rado-. Soy originario
de Coronda, Santa Fe -siguió mientras se señalaba el bolsillo para que le sacaran el documento.
Esposado junto a la chica y otro compañero fue llevado a la comisaría. Los metieron en calabozos distintos. La rutina empezó con el "piano" de identificación, luego los interrogaron por separa­do, los carearon, y después vinieron los golpes y la tortura.
Fernando tenía en su poder cuatro juegos de llaves de diferentes autos que iba a tener que justificar. Pensó cuánto tiempo demora­rían en conocer su verdadera identidad. Calculó no menos de cuarenta y ocho horas. Cuando supiesen quiénera, tenía que encomendarse a Dios.
Rompiendo los cálculos más optimistas, casi al mediodía siguien­te, el teléfono sonó en la comisaría.
-Hablamos del comando de ejército. Queremos que Juan Carlos Ramírez seasometido a una fuerte custodia y alojado en una celda de máxima seguridad. Dos oficiales del ejército llegarán en un avión militar para hacerse cargo. Su detenido es en realidad el dirigente montonero Fernando Vaca Narvaja -dijeron. Pertenecían al Segun­do Cuerpo de Ejército, del mismo cuerpo de inteligencia que había secuestrado a Abel Verd y Maestre, dirigentes de las FAR, en Buenos Aires. Lo fortuito fue que justamente en la villa de emergencia en donde vivía Fernando con Susana, en las afueras de Tucumán, vivía también un policía de la comisaríaque reconoció en silencio a Fernando y avisó a Susana. Esta inmediatamente se comunicó con Miguel Hugo Vaca Narvaja en Córdoba, padre de Fernando, quieninterpuso ante el juez federal Tomás Barrera un habeas corpus impidiendo de esta manera que los militares del Segundo Cuerpo lo desaparecieran y obligándolos a reconocerlo como "legalmente" preso. Fernando fue trasladado a Devoto, luego al buque cárcel Granaderos, después al Chaco a la cárcel de máxima seguridad y finalmente a la cárcel de iguales características de Rawson.
Los penales, ya de máxima o mínima seguridad, son iguales. El hacinamiento provoca humillación y la miseria humana se concen­tra. La de Resistencia no era ajena a esta realidad.
Los militares, luego de los interrogatorios de rutina y la picana a los presos políticos, los depositaron casi inválidos en medio de los presos comunes. Los códigos en las cárceles son claros y se respetan. Los presos políticos, aun cuando eran enviados a pabellones comu­nes, tenían un trato y consideración diferentes.
La relación con ellos empezaba con desconfianza y recelo, pero al poco tiempo, el intercambio de información y las anécdotas en las rondas de mate producían una comunión de compañeros. Los presos comunes se sentían intrigados porque no se quedaban con el dinero de los operativos en los bancos. Les resultaba difícil de entender.
Los presos políticos comenzaron a trabajar en las mismas entra­ñas de las cárceles, con adoctrinamiento y organización para mejo­rar las condiciones de vida. La toma de conciencia de los derechos conculcados llegó a hacer imposible el
manejo carcelario. Las autoridades penitenciarias comenzaron a establecer estrategias de aislamiento y castigos, sin resultado. Cada vez contaban con másadherentes. Finalmente las fuerzas de seguridad tomaron una decisión política: presos políticos separados y tratados con máximo rigor.
Resistencia era el depósito natural de cuadros de guerrilla. Montoneros, FAP, FAR, Uturuncos, EGP, tenían miembros allí. Los militares decidieron separar a las conducciones.
El primer paso de Fernando fue entonces Villa Devoto, en los pabellones aislados y custodiados por fuerzas especiales.
Devoto no escapaba de la generalidad. Las circunstancias resta­blecieron laposibilidad de contactos con el exterior. Los mensajes iban y venían por diferentes canales y métodos. Se restablecieron los cuadros de conducción, aun cuando estaban presos. Las organiza­ciones multiplicaron su apoyo externo y la información llegaba sin inconvenientes. Nuevamente los militares decidieron subdividir los grupos. Rawson fue el destino de algunos, Devoto el de otros y Resistencia el de los más antiguos.
Fernando y otros cien militantes de diferentes organizaciones terminaron viajando al sur. A Rawson, cárcel de máxima seguridad.


La cárcel de Devoto, el 25 de mayo de 1973

Relato rescatado del libro "con igual ánimo"
Fernando Vaca Narvaja

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